miércoles, 15 de julio de 2009

Homenaje hernandiano




Hay dos tipos de poetas: los sencillos y los que no son poetas. A los primeros no les hace falta mostrarse como tal, porque llevan la creación artística recogida en su esencia, porque no necesitan hacerse notar pues ya su obra habla por sí misma y los induce a moradas abrigadas en núcleo dorado. Los sencillos no necesitan decir “Yo soy poeta”, no necesitan halagos ni amagos de pleitesía. No buscan la gloria, la fama o el reconocimiento. Simplemente persiguen y consiguen la satisfacción por el trabajo, la plenitud por el trabajo, el trabajo por el trabajo. Escribir versos es más que una profesión para ellos. Es un modo de vivir, el modo en que sus ojos conciben la realidad que les circunda. En cambio, los segundos –los que no son poetas- necesitan realizar todo tipo de esfuerzos para hacerse notar, para obtener un reconocimiento vacuo que sólo se sustenta en la apariencia, en la fama que puedan alcanzar con respecto a sus semejantes. Escribir para ellos es casi una obligación pero en sentido demagógico. Se transmuta en una actividad de realización completamente obligatoria que no satisface sino que esclaviza pues tiene un carácter teleológico: el mero reconocimiento y la aceptación y alabanzas y oratorias de la gente.




Pues bien, dentro de los sencillos, entraría la figura indiscutible de Miguel Hernández, el poeta oriolano, mártir por la libertad, arraigado en el pueblo, desvivido por la gente, por salvar la carne de ese niño yuntero esclavizado, por redimir la angustia de sus seres queridos y, simplemente, por redimir la suya propia y, también la nuestra, la de aquellos lectores que buscan algo así como la salvación en el mundo terrenal que habitamos por medio de sus versos duros pero veraces que desplazan la mirada hacia sendas desconocidas que incitan a la reflexión.



Miguel Hernández, el arquetipo máximo que demuestra que cuando hay ilusión y talento de por medio no hace falta una gran formación; el que nos hizo saber que aún en unas condiciones desfavorables se pueden escribir versos; el que venció a la muerte mediante la palabra; el que nos enseñó a enamorarnos con su sencillez; el que nos llamó a la lucha, a la libertad y sobre todo, el que me enseñó que a veces la poesía no brota de la inteligencia sino desde la hondonada más recóndita del corazón.



Pues bien, yo conocí la poesía del Miguel Hernández de pura casualidad. Un día remoto, no sé ni siquiera cuando. Un día que estaba ojeando los libros que tenía por casa; y lo encontré. Encontré un libro de poemas de amor donde se leía en letras doradas su nombre: “Miguel Hernández”. Entonces lo cogí y lo estreché en mis brazos pues el libro me llamaba (a veces los libros me hablan y no estoy loca). Entonces encontré gran variedad de sonetos hermosos, las nanas de la cebolla, la canción del esposo soldado y, un poema que me llamó la atención de una forma especial: “Antes del odio”.


Lo leí despacio, muy despacio y me marcó. Porque ese poema no es como muchos otros poemas que lees una vez y cuando decides volverlo a leer ya no suena igual, ya no dice lo mismo –hay cosas y en este caso poemas que cuando se releen cambian por completo, ya no llenan, ya no trasmiten esa fuente de sentimientos que nos produjo la vez anterior-. Pero “Antes del odio” era diferente, su gran hondura, su desnudez poética, su sencillez y claridad me fascinó. Expresaba exactamente cómo yo me sentía. Esa mezcla de sentimientos ensombrecidos por los besos y la ausencia, miles de sombras vagando, el canto de un pájaro sin remisión, golondrinas en el aire, y la libertad de colofón me cautivó por completo. Lo leí tantas veces que me lo aprendí de memoria. Yo tendría 12 años más o menos y ningún otro poeta había conseguido enamorarme hasta el momento tanto como Miguel Hernández. Luego seguí leyendo a Pedro Salinas, Neruda e incluso a Cernuda (mi poeta predilecto) pero la figura del poeta orcelitano seguía grabada a fuego en mi interior.


De vez en cuando cogía ese libro y leía algún soneto, algún poema al azar y siempre disfrutaba. Cuando crecí algo más encontré una Antología suya que hasta entonces desconocía. También me dispuse a leerla. Desde ese momento Miguel Hernández era una de esas personas a la que amaba por el legado que había dejado inscrito con su obra. Archivé su nombre y lo guardé en mi pequeño cajón de palabras no perdidas. Y el tiempo pasó –como pasa siempre- hasta que en mi promoción de Segundo de Bachillerato descubrí que lo habían incluido como uno de los tres autores a estudiar en la asignatura de Lengua y Literatura. Mi emoción era entonces aún mayor. Aumentaba por segundos y sólo esperaba el momento en que tocaba esa clase de Literatura para escuchar su nombre o el de alguno de sus poemas.
Fue un curso apasionante. Poder compartir mi pasión por la poesía, fue algo que adoro haber vivido, como se adora la luz del amanecer que irrumpe oblicua por la ventana.

Entonces otra nueva idea rondaba por mi cabeza: componer una canción con la letra de ese poema del que he hablado “Antes del odio”. No fue un trabajo fácil y sinceramente no sé cómo ha quedado al final. Sólo sé que cada vez que mis manos se posan sobre las teclas del piano es como si por un instante pudiera volar y bailar entre las letras de sus versos. Cuando mi voz entona sus palabras es como si Miguel Hernández me mirase con ternura y se sintiera orgulloso de lo que hizo durante su vida, de que todavía haya alguien que disfrute con su obra. Yo lo hago, sin duda.
Y que me perdone Miguel Hernández por mi obra, del mismo modo que el maestro Mateo pide perdón por su labor artística en el Pórtico de la gloria en Santiago de Compostela. Lo hago con toda la humildad que existe, con toda la sencillez y el respeto que dirijo a su persona, pues aún su poesía me sigue alumbrando como un día y a día de hoy –a casi cien años de su nacimiento- lo hacen sus ojos y los de su hijo muerto.





Enlace a la canción surgida del poema "Antes del odio" :

http://www.youtube.com/watch?v=F-_5-w0t6qQ





2 comentarios:

lichazul dijo...

hacia tiempo que no venía
y os doy las disculpas del caso
pero a esta aprendíz de lirio a veces el tiempo le juega chueco y le mezquina la oportunidad de compartir.
Interesante planteamiento, ojalá que muchos lo leamos y nos lo replantearamos como reflexión de fin de semana , como un retiro individual para sacar las propias evaluaciones:=)


autonombrarse o que le nombren
la verdad es que al menos a mi no me desvela jajajja
las palabras son un imán y un reino para mi bastante peculiar.
entonces entre Ser y no Ser... más vale Hacer que por las obras uno es reconocido y no por tanto discurso complacido:=)

gracias por tus huellas en casa,espero leerte reseguido
la juventud siempre inyecta nuevos bríos en los días que se pasan:=)
Buen fin de semana

Yonamoe dijo...

Comiendo pan y cuchillo, como buen trabajador y a veces cuchillo solo, solo por amor.

Si esos versos fueran un poco más grandes taparían la luz del sol.