domingo, 31 de agosto de 2008

Féretro de Agosto



Cuando ves perderse la última tarde de Agosto, el alma queda emponzoñada. Es como si fuese el último día de todos los días, como si en el limbo del corazón del hombre no quedase sino el recuerdo de todo lo anterior y de esta postrera hora. Entonces sientes que has tirado tu existencia a la basura y una gran mácula de polvo perla la eterna palestra de un erario vulnerado. Es como si quisieras abrazar a Horacio y venerar su tópico del “tempus fugit”. Como si sólo el poeta latino pudiese salvarte y tu vida lacónica sufriese un esplín y desde esta penuria de existencia una subversiva sensación de embozada anestesiara tanta perspicacia enjuta robada al estigio. Como si detrás no hubiese nada y atisbaras un abismo de insondable soledad. ES como si una protuberancia te persiguiera. Como si con zapatos ajados avanzase tras de ti para contarte que este es el último día en la tierra y sientes que ya no hay tiempo para nada, que el silencio es una preciosa forma de la eternidad a la que no estamos llamados. Como si todo el aire del mundo no bastase para salvar el hastío que aguarda el alma de un niño. Y no es suficiente conformarse con haber vivido y así recuerdas al caballero Bonald, y es que no somos más que eso: “El tiempo que nos queda”

Regreso a mi infancia


Había cientos de niñas en la piscina del hotel donde me hospedaba. Hacía un calor almibarado pero era fácil refulgir en Benidorm, así que al bajar a la piscina encontré a esas dulces niñas de las que ahora hablo. Niñas todas iguales pero a la misma vez distintas. Unas llevaban bañadores de flores y otras bikinis de colores vivos, mezcla de fucsia, azul y amarillo. Nadaban y me salpicaban agua. Lo hacían con un espíritu apacible de modo quedo y silencioso. Chapoteaban mientras yo leía a Baudelaire desde una hamaca de la terraza y en ese momento me fijé en ellas. Algunas llevaban manguitos y otras buceaban. Cada una de esas niñas lo hacía con la inocencia propia de la infancia. ¡Adorada infancia! Y yo recordaba también mi infancia ahora añorada. Acaba de salpicarme otra niña y ha empapado esta servilleta de papel sobre la que escribo estos retazos de vida. Servilleta empapada de infancia que me recuerda este sueño de loca niñez. Fue entonces cuando descubrí que yo en otro tiempo fui alguna de esas niñas que ahora me salpicaban interrumpiéndome la lectura. Fui feliz porque aquella interrupción me trasladó años atrás. Fue la contumaz experiencia de estar reviviendo mi infancia. La experiencia de volar a paraísos perdidos a los que nunca podré regresar.

Profanación del Juego del Ángel





(Benidorm. Playa de Levante. 24 de Agosto. 11:36 p.m.)




Era triste y cómico al mismo tiempo. Leía sentado en una silla de playa, levantaba la cabeza y al rato, tras observar con impaciencia todo lo que acontecía en la playa, volvía la vista al inusitado libro. Suspiraba con impaciencia como quien busca algo que no existe con una mezcla de humillación y aburrimiento sobre sí mismo; creyendo que el secreto del cementerio de los libros olvidados podría estar en cualquier sitio menos en ese libro. Apenas leía con desatino, como un insulto a la librería de Sempere y al viejo negocio del sombrerero. Respiraba hondo y suspiraba y en esa respiración profunda y entrecortada se podía comprobar que su lectura era causa de la desidia y la desesperación. La forma de matar el tiempo de vacaciones durante su estancia estival en Benidorm.
Finalmente cerró el libro, suspiró de nuevo con agradable vacío y se puso a hablar con el móvil. ¡Eso si que era matar el tiempo de vacaciones! Hubiese sido mucho más gratificante que el no-lector; tomase una cerveza y una lata de berberechos y para degustarlos mirando al mar, antes que profanar la última novela de Carlos Ruiz Zafón. Pero así es este mundo escuálido y desbaratado que formamos todos. Me produjo una insondable tristeza ser partícipe de la deplorable y sórdida lectura de ese hombre, aunque por suerte, luego eché un vistazo por la playa levantina y atisbé a una portuguesa que no levantaba la cabeza de su libro. Por la portada, intuí que sería una novela policíaca en cuya trama intervendría algún crimen pasional, entramado a modo de sustentar el argumento. La chica portuguesa llevaba leyendo toda la mañana.
Entonces comprendí la sutil diferencia entre mirar con impaciencia y desesperación las páginas de un libro o por el contrario, adentrarse en la historia que el autor pretende transmitir en las mágicas galerías de las palabras a través de los vagones del alma.

viernes, 29 de agosto de 2008

Ariadna







Allí estaba ella, Ariadna, sentada en el mismo banco del mismo parque donde aprendió a ser feliz. Le temblaban las piernas y tenía la voz en un hilo, al tiempo que no articulaba palabra. Ariadna es… ¿Cómo explicarlo? Es el arte encarnado en persona, la magia de ser diferente, el sueño de una niña triste con ojos felinos y porción de luna azul. Todo su clímax la hacía diferente: su forma de ser la convertía en una adolescente rabiosamente atractiva, sus ojos de almendra dorada y sus labios melancólicos, de una belleza casi cuántica. Sin duda, la joven poseía una belleza que impactaba por el simple hecho de existir. Mientras contemplaba como las hormigas recogían las migajas de pan del suelo, vio pasar a un hombre de pelo cano y a dos niñas de pelo oscuro columpiándose con fabulosa alegría. Eran las siete de la tarde y ella seguía ahí parada, como una adolescente inútil, fumando cigarrillos de vainilla en el banco más olvidado del parque. Sólo ella sabía lo mucho que odiaba fumar y, sin embargo, seguía haciéndolo, como una obligación casi de irremediable orden existencial y humano. Odiaba el olor a humo y que, tras darle las últimas caladas a su cigarrillo, se le quedaran amarillentos los dientes, casi de un color indefinido, entre blanco sucio y beige crema. Ariadna, entre el bullicio desalentado de las niñas y el cansancio inagotable de las hormigas, seguía balanceando su alma en una pugna de pasiones heridas, de ruegos sensibles, de torturas inefables. El cielo azul eléctrico tornado de matices grisáceos tejidos en claroscuro acechaba con una posible tormenta. Y ella, la hermosa Ariadna, se alzó de dinamismo y avanzó hasta que sus converse dejaron atrás el parque y la condujeron hasta la vía del tren. Siempre llevaba converse, siempre. Ese era su gran signo de identidad, su marca, su gráfico, la forma de que los demás la reconociesen con tan sólo mirarle los pies, sus converse all star de color morado. Mientras caminaba, pensaba que sería más bonito injertar lepra a una rosa que el sentido de su propia vida, y es que Ariadna estaba sola y perdida, y lloraba mientras sus lágrimas se confundían con el olor a vainilla del tabaco. Tras largo rato caminando, llegó a la estación, pero no había trenes; no había nadie a su lado, pero no se sentía sola. La vía férrea había sido sin duda su hábitat existencial en los últimos tiempos, allí conoció a la persona que más marcó su vida, de la cual se enamoró. Tras un vuelco constante de sentimientos y espinas de pasiones pasadas, recordó la famosísima frase de García Márquez en El amor en los tiempos del cólera: “El olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”. Y pensaba en Florentino Ariza y Fermina Daza, y en su historia de amor a través del tiempo. Luego cerró los ojos e imaginó estar en Macondo, inmersa en la ciudad de los espejos (o los espejismos). Sacó de su mochila los versos satánicos de Salman Rushdie y repitió en voz alta: “para volver a nacer antes tienes que morir”. Morir, morir, y la palabra “morir” seguía introyectada en su subconsciente, como un oxímoron barroco o una paradoja intrínseca basada en un pragmatismo tetrapléjico. Se acordó de su abuelo, que había muerto a causa del paludismo. ¡Qué triste y qué cómica al mismo tiempo la palabra paludismo! La última vez que lo vio fue sentado en el banco del parque. Luego pensó en su amiga Berta y en sus problemas con la droga. La palabra heroína estaba clavada muy dentro, como un puñal imborrable y una brecha eterna abierta en su interior. Pero Ariadna no podía hacer nada, nada. Luego se acordó de su gran amor, Marcos, a quien sus padres le prohibieron verla. Siguió acordándose de Marcos y recordó la última vez que se vieron en la estación, construyendo una vida entre vagones, en aquella estación donde se entremezclaron sus besos de acero con el humo de los trenes. Recordó aquel 13 de Junio, el último día que se vieron, un día solitario, casi nostálgico aunque embriagado de magia lúcida y sensualismo.
Nada importaba ya, ni su abuelo muerto, ni su amiga metida en el ignominioso y sórdido mundo de la droga, ni su amor por Marcos. Ariadna seguía sufriendo “in hac lachrymarum valle”. Tras el llanto y desolación llegó la noche y un viento gélido azotaba con fuerza su gélida espalda, congelada y hundida en el dolor. Ella dormía acurrucada sobre sí, encogida en su propio precipicio, en los raíles malditos que descarrilaron su corazón. Soñaba como medio de salvación, como salida hacia el inframundo de su vida, soñaba con la desmedida esperanza de que su vida tan sólo era un sueño. De nuevo, revoloteaban en su psique los versos satánicos y la palabra “morir” ¿y qué importaba todo eso? Ahora estaba soñando y estaba a punto de ser feliz.
Ariadna seguía dormida al tiempo que Marcos vagaba sin rumbo camino a la estación. Todas las noches iba a aquel lugar para evocar su invulnerable recuerdo. Llegaba con el atardecer y leía un rato un libro de poemas que ella le regaló hace años. Sin embargo, esa noche fue diferente, Marcos al verla allí tirada en la estación después de tantos años, quedó sorprendido, atónito, le acarició la mano con la suavidad de una pluma y ella despertó asustada, embriagada en su colonia afrodisíaca. Aquella noche, hicieron el amor en la vía del tren, aquella noche Ariadna fue feliz, y Marcos encontró la dama que perdió hace años. Aquella adolescente mística con nombre de araña. Su princesa de la dulce pena y su niña de los ojos tristes. Entonces Ariadna comprendió que estaba en Macondo y que no podría salir nunca más de ahí, y tenía la certeza de que las estirpes condenadas a cien años de soledad sí tenían una segunda oportunidad sobre la tierra. Además sintió el olor de las almendras amargas, camuflado en cada uno de los besos dulces y punzantes de Marcos. Ambos recordaron la última película que vieron juntos antes de que Marcos se alejara de ella por orden de sus padres. Pero ya no había barreras, porque las barreras más fuertes las pone el amor. La película mágica que fortaleció su amor fue la sublime producción de Isabel Coixet, “Mi vida sin mí”.
En ese momento, Marcos dijo en voz alta tras besar su lengua de yodo, la frase de aquella película que sellaba su amor por la eternidad: “Me encantó bailar contigo”

Alas de Soledad Azul



Una mariposa avanza curvada
Por mi espalda desnuda, solitaria,
Por tu ausencia roto el desencuentro
De la sed de ti, del vaso triste.
Crisálida de besos en el envés
De mi cuerpo herido, maltrecho,
Lánguidas pestañas y retales,
Retazos de nada y de todo,
Pompas de jabón en una charca
Letras discretas que huelen a ti,
Amiga y compañera y fiel amante,
Soledad, otra vez saluda y vete
Y vuélvete sin lecho en mi posada,
Si Ulalume supiera en su poema
Si mis lágrimas cayeran mar adentro
Y mis sueños sin alas ya rodaran
Sería real que la mariposa, desnuda
Y solitaria por mi espalda,
Viene a hablarme de ti, a curar tu ausencia
Y tu soledad y tu calma,
Con gritos de un combate sin espadas,
Mariposa triste, mariposa extraña.

Diario de un poeta náufrago





Querido Beko:

Hoy estoy en no sé donde,
Escribiendo no sé qué
A no sé quien.

Supongo que estaré
En la miseria de la ciudad gris
Bajo un cielo nebuloso, tal vez,
Quizá caminando entre brumas
Sol oscuro, luna en celo.

Tampoco me preguntes
Si hay estrellas en el cielo
Por que el cielo está lejos
y los sueños han volado
y el frío me escarcha la piel
y las nubes ahogan mi alma
y todo se resume a ti,
mi querido Beko,
siempre en mis sueños de luna.


Querido Beko:

Hoy tampoco sé nada,
Me he despertado confusa,
Busqué entre resquicios
Y debajo de la almohada estabas tú
Evocado en forma de pluma.
Las palabras no bastan,
Son acaso retazos de tinta,
Mugrientos sapos de cerámica rota
Y tu voz agrietada y seca
De papel, madera y mimbre viejo,
Pasará a los anales de mi historia.


Querido Beko:

Me da miedo pasear
Bajo el manto azuloso
Que muestra la evanescencia.
Acaricio tus dedos de porcelana
Mientras fumo otro cigarrillo infantil.
Y mientras se consumo el humo
Escucho como ruge la bestia,
Hambriento regazo del alma,
Sin ti, otra vez, sin ti.

Me quedo dormida,
Y en el séptimo sueño,
Me despiertas y te encuentro
Esta vez frente a mí,
Disfrazado de ángel visible.

Querido Beko:

¿Sabes qué?
Anoche salí de copas por Madrid.
Me sumergí en el suburbio,
Abrumador destino receloso,
Y mientras miraba al cielo,
Te ame.

Entendí “El diario de Noa”
Las locuras de Romeo y Julieta,
La avaricia de la Celestina,
El ruego de los poetas.
Entendí mi vida pintada de rojo,
Corazones de plomo y dudas
Bordados de ausencia y desconsuelo.

Querido Beko:

Hoy es 11 de marzo
Y he ido a pasear por Atocha.
Paseé con nostalgia de recuerdos
Y me pregunté:
¿por qué no me tocó a mí
Dejar la vida?

Miré las vías del tren,
Y anduve de puntillas por los raíles.

Y entre tanto pesar,
Me abracé a una farola
Mientras bebía con impaciencia
Una botella de ron añejo.

Querido Beko:

Hace mucho frío,
Hace mucho frío porque
La noche es triste y llora
Hace mucho frío en mi alma
Desnuda, y diluvia al otro lado
Del postrero cristal de mi esperanza.
Hace mucho frío y escribo, balbuceos
Locos e hirientes que me salvan,
Que me salvan siendo poeta en tierra
En la tierra árida y hastiada
como en mi piel granizo, zumo de lluvia,
lunas de rabia, sueños de lumbre,
lumbre y hoguera que ciega el fuego,
fuego en esta noche de frío sin cumbres.

Carta a la Mujer




Te escribo a tí mujer , sinónimo de esclavitud , apariencia de sonrisa y sobre todo sol que no alumbra con su luz. Pero, ¿Qué es el hombre ? , polo opuesto de la tierra , hombre es placer y aventura , locura de una noche , y al día siguiente ¿qué? ¿ qué eres mujer ? . Un objeto placentero con el que los demás solo entienden de diversión , no eres tomada en serio. Si eres pisada , ya que más da. La realidad no es otra que la desigualdad entre ambos sexos.
Es tan irreal decir que somos iguales , nos dedicamos a aparentar a intentar ser algo , a defender nuestros derechos , cuánto nos duele pensar que ante todos ya son verdades, que en todo lugar somos nosotras aquella mota de polvo que el hombre pisotea a su antojo o aquel pétalo de la rosa que puede ser arrancado con facilidad.
Se recuerdan los gratificantes momentos, pero siempre queda una cosa: el lamento que produce no lograr nuestros propósitos , nuestros sueños quedan siempre muy distantes de la realidad. Si la sociedad deja abarcar esto, es porque nosotras tan solo queremos, porque dejarse pisar no es más que abandonar la dura carrera que te pone la vida desde un punto en el que una voz femenina no se puede comparar con el grito del macho.
A esto no se le pone un fin, porque luchar , ¿ para qué ? es inútil gastar mi voz porque a igual punto llegaré.
Podíamos ser una lágrima , que se seca en la arena, pero nunca deberíamos de ser, un objeto usado y viejo y mucho menos marionetas de las que el hombre se adueña.
Las sensaciones envuelven momentos, y yo me pregunto amiga ¿ que se siente al ser humillada , machacada , y aun más que se siente al no ser escuchada ? Supongo que mucha impotencia y unas ganas enormes de lograr la libertad que me mantiene prisionera en las rejas de aquel hombre , en su cripta , tapada en seda por una manta para no poderlo ver.
¿ Por qué lloras mujer ? En mis ojos arrancan lágrimas que arrasan los ojos , por una lucha sin victoria. No habrá triunfo que me pueda decir lucha mujer , porque yo soy optimista y solo en mi cabeza cabe que la mujer tiene los mismos derechos que el hombre y si las mujeres nos mantenemos en constante unión podremos conseguir poco a poco cada uno de nuestros propósitos.
Hombre , eres el rey sin corona que se cubre de esplendor , pero en cambio en ti reside todo el odio y el rencor , que algún día cambiarás eso no se sabe todo depende de que puedas madurar, porque en donde cabe que el hombre es superior si él sin nosotras no tendría valor alguno , no seas machista , reconoce que en mayor o menor medida necesitas a la mujer, pero yo me pregunto ¿ para qué ? , solo para tu beneficio personal , solo para tus propósitos y tus metas, eres egoísta y crees ser persona , pero no , en ti no residen todos los valores necesarios que ha de tener un ser humano. Este conflicto es como luchar y nunca poder ganar , como que el mundo se negara a darnos la razón que tenemos. Pero al final la justicia gana y los actos que no están hechos de corazón quedan impugnes.
Por eso la unión hace la fuerza , y quiero en esta carta renombrar todos los derechos de la mujer y espero que quien lea este escrito sea un poco más consciente de lo que se juega el mundo , porque la valentía de la mujer al final vencerá a la cobardía del hombre.
Porque al fin y al cabo yo pongo en estas líneas mi opinión , digo lo que pienso y sí , no tengo los mismo derechos que ellos , pero soy libre e independiente , y en mis palabras quedan todo lo que en ellos falta, por eso con voz alzada digo que siempre queda un poco de esperanza , aunque sea poca para ganar la batalla , y así podremos hacer en el mundo nuestros sueños en el futuro.
Por eso : ¡ lucha mujer ! . Lucha y déjate la piel ,
Ten confianza en ti misma , para vencer a ese rey ,
Que es un rey sin corona , porque no se la ganó ,
Tu eres su más bella joya , la que tiene más valor.
Y grita por los cuatro vientos , ¡ Soy mujer ! No me avergüenzo ,
Y aunque -por ahora- no sea la más fuerte , de ello no me arrepiento.


POR TRES MOTIVOS :

- Soy entrega

Y me entrego a los demás,
Mientras en el su independencia ,
Se convierte en la verdad.
Lo soy , lucho por mi dignidad ,
Porque creo que la tengo ,
Y un hombre no me la va a quitar.

- Soy sincera

No me aferro a sus mentiras ,
Doy todo lo que tengo ,
Aunque me cueste la vida.
Busco la verdad,
No me miento a mi misma ,
Miro firmemente ,
Veo la realidad.

- Tengo espíritu

Sí , espíritu de triunfar ,
Y de decirle a todo el mundo,
Que lucharé hasta el final.
Lucho por mis derechos ,
Y los defiendo a morir ,
Porque la unión hace la fuerza ,
Y lo podemos conseguir.

En ésta carta yo te digo , a ti, valiente mujer ,
Que no pares nunca de la sociedad conocer ,
Que no te quiten lo que es tuyo ,
Y que digas con mucho orgullo :




“ SOY MUJER ”






(PRIMER PREMIO CONCURSO MUJER TRABAJADORA AÑO 2005)