miércoles, 13 de mayo de 2009

El libro de los descorazonados.


El libro de los descorazonados.
Sentir el corazón podrido
en medio de las ansias del después.
Sentirlo por la boca,
en el estómago, en los dientes.
En el espacio remoto de un día sin tiempo.
Sentirlo muy despacio en lo profundo,
Durmiendo.
Y sentirnos entonces,
como pequeños autómatas perdidos en la lluvia.
Sentirlo acaso descorazonado,
como el libro que nunca leo,
como un cántico que nunca entono,
o la noche en que no duermo.

El libro de los descorazonados.
Nunca debí escribirlo.
No.
Nunca.
Arranco sus hojas.
Me mezo en la nada.
El tiempo se detiene y el reloj vuelve a girar.

¡Eureka!

El libro de los descorazonados.

(mejor leerlo y quedar atrapado)

(mejor no morir y vivir entre abrazos).


viernes, 8 de mayo de 2009

La soledad es un grito en las tinieblas




(Al término de la clase, tras haber comentado en la misma el famoso cuadro de “El Grito” de Eduard Munch, el profesor se acerca al pupitre de Elda).

-Te he notada impactado durante la clase ¿Te gustó el cuadro de “El Grito”?

-Me encanta. Es como si cuando lo mirara, ese hombre de rostro desfigurado y lleno de horror me estuviera llamando para que lo acompañe en su camino.

-Una sensación análoga a la que sentimos ante el incesante grito de la naturaleza.

-No, no. Es aún mayor. Es como si cientos de voces susurrantes recorrieran mi espalda y me congelaran de frío, absorta ante el eco terrible de la eternidad.

-Y dime, ¿oyes esas voces?

-Sí, a cada instante me susurran para que me adentro en el cuadro, para que mi rostro también se torne tétrico como el del personaje.

-¿Y tú, Elda, realmente quieres formar para te de él, habitar dentro de “El Grito”?

- Oh, si. No hay nada en esta mísera vida que tenga más claro. Eduard Munch debiera haberme pintando temblando de miedo y desesperanza. Haber esbozado mis manos lánguidas echadas sobre la cabeza, mis ojos desafiantes e inquisidores atisbando la nada inconclusa que me recorre.

-Eres terrible, Elda. Terrible en el sentido de que miras aquello que hay más allá de la vista, más allá de lo tangible. El secreto escondido de una realidad misteriosa.

-La vida sería demasiado aburrida si la interpretáramos tal y como es. ¿Por qué tengo yo que mirar aquello que veo a simple vista y no lo que imagino en mis sueños? Me niego a resignarme. Hay demasiadas lágrimas de soledad en el planeta.

-Sí, Elda. Y escasez de gente que piense como tú.

- La gloria es para unos pocos. El infierno está cerca y nos llama muy pronto, antes de que nos demos cuenta. Y pensarás que estoy loca, hablándote de todo esto. Pero mi locura es sana, pues es la locura de no conformarse con lo que la realidad nos ofrece

-Y bien, Elda. ¿Qué harías si un día te levantaras y no quedara nadie en el mundo? ¿Y te encontraras sola, terriblemente sola? Responde con sinceridad, se sumará a la nota final (sonrisa).

-¿sola? ¿Y crees que ahora no estamos solos, acaso rodeados de meras sombras fugaces y efímeras que desaparecen a un tiempo? ¡Qué iluso! No debieras haber olvidado que no hay peor soledad que la de estar entre mucha gente y, a pesar de eso, sentirse solo.
Yo no nací para estar aquí, sino dentro de “El Grito”. Éste no es el mundo que soñé, el paraíso eterno donde imaginé vivir. Mi mundo está sellado a través del tiempo con la eternidad e irremediablemente pienso que la soledad me llama. Pues la soledad es un grito en las tinieblas.

(El profesor enmudece. Elda coge su mochila y sale de clase con su libro de arte en la mano).

(Varios siglos después, un artista futuro realizará una copia de “El Grito”, esta vez pintando a Elda como protagonista).

viernes, 24 de abril de 2009

Sucedáneo de la muerte.



Malditos sueños canallas
al tiempo una voz que al tiempo se calla.

Los labios son tristes,
las bocas no hablan.

Relojes de arena que tiemblan y estallan.
Termómetros rojos y lunas de plata,
de efímeras formas corpóreas y amargas.

Recorro caminos soñando sin ansias,
perdida en un tiempo de miles de espadas.

Espadas de nadie que al tiempo se clavan.
Despierto y descubro una luz en mi espalda.

No hay vida, ni muerte.
No hay todo, ni nada.

La gloria está lejos y el tiempo se acaba.


martes, 7 de abril de 2009

La fiebre del insomnio


La fiebre del insomnio. Nunca pensé que hablaría de ella y ha llegado el momento. El momento de hablar de la fiebre que me recorre, más allá de la fiebre física latente en el cuerpo. Más allá. Es la fiebre del insomnio, la fiebre del ímpetu que me recorre a borbotones la sangre, como si quisiera derribar mi cuerpo y mi espíritu. Como si me quisiera devastar y devorar si no caigo presa en su enfermedad. Es también la fiebre de querer decir muchas cosas y no tener palabras para explicar ninguna. La fiebre que arde en un ente cohibido que destapa su alma cada mañana aunque el mundo sea feo y los hombres tristes. Aunque el paraíso no exista, ni las hadas existan y aunque el deseo del que habla Cernuda sea una palabra cuya respuesta tampoco existe. Es la fiebre de no se sabe qué, que viene por algo y se alberga en el tiempo con armazones y corazas indestructibles. Es la fiebre inexpugnable de preguntarnos si Dios existe, si el amor existe, si nosotros mismo existimos y no somos reflejo de la nada de donde venimos. Es la fiebre metafísica y maniqueísta que casi divide el mundo en dos bloques antagónicos: hombres-mujeres, pobres-ricos, buenos-malos, fuertes-débiles; y así una suerte de fiebre infinita que se cuela en las entrañas hasta casi desentrañarnos. La fiebre dicotómica que nos mantiene al margen de salvar esas distancias que se hacen insalvables ante los ojos de muchos, y es también la fiebre del misoneísmo frente a la vanguardia. La fiebre de muchas cosas juntas pero no revueltas. El sentimiento febril que nos surge a tientas cuando miramos el cielo en una noche sin estrellas y vivir casi duele tanto como amar, tanto como besar, tanto como sentir. Seguimos sintiendo esa animadversión de los cuadros de Goya ante una realidad esbozada que se detiene pusilánime a nuestros pies. Y entonces nos hacemos partícipes de la derrota de no caer en la fiebre –acaso la única redención es vivir inmersos en ella-. Pues la fiebre nos libra de algo parecido a la nostalgia y casi análogo a la tristeza. Es la fiebre de no tocar el piano. La fiebre de sentir que somos demasiado jóvenes para morir pero demasiado viejos para seguir vivos. La fiebre paradójica de cerrar los ojos y ver bien, muy bien. La fiebre de abrir los ojos y no ver absolutamente nada. La fiebre de escribir un poema y tenderlo al aire para que los pensamientos se aireen. La fiebre de la lumbre en una casa alejada. La fiebre de saber que algún día también acabará la fiebre y nos acabaremos nosotros, irremediablemente nosotros.

sábado, 14 de marzo de 2009

Estoy amando a una piedra.




Estoy amando a una piedra.
Ayer la encontré en mi jardín de guijarros
y me miró con ternura rabiosa.
La estoy amando pues me quiere.
Me lo demuestra cuando me habla en susurros
de cosas insignificantes que me conmueven.
Me lo afirma cuando me mira inquietante
y se le escapa una lágrimas gris
tras de su materia.
Me lo dice cuando me cuenta que quizá
el mundo esté lleno de piedras
y no de personas ni seres humanos.
Me lo relata cuando la gente la pisa
con sus tacones de aguja afilada
y se siente herida.
Me lo redice cuando la cojo y la estrecho
en mis brazos tendidos al viento
y espero a que se duerma
y entonces la devuelvo a mi pequeño
jardín de guijarros.
Donde la gente la pisa,
mientras que yo la beso.
Donde se muere de frío,
mientras que le ofrezco mi abrazo.
Donde se muere de miedo
Mientras que la envuelvo en la calma.
Entonces vuelve a mirarme
y me conmueve.
Me dice que todos somos piedras,
como ella.
Me dice que la deje,
que la abandone y no.
Y no puedo dejarla.
Estoy convicta.
Y sí, estoy amando a una piedra,
tanto como nunca logré amar a nadie.









Fotografía: "El beso" (Brancusi)




viernes, 27 de febrero de 2009

Meditación vespertina (horresco referens).


Me remonto a la máxima de uno de los grandes. Esta vez a Cicerón: “Todas las cosas fingidas caen como las flores marchitas, porque ninguna simulación puede durar largo tiempo”. Y sí, comentaré esa frase sirviéndome de referencia un libro que he tenido el gusto de leer hace poco “Viaje al fin de la noche”, de Céline, escritor “maldito” y qué magia tan sádica tiene su novela.

Desde siempre el ser humano ha luchado por transformar su vida, por hacerla bonita y agradable, y por mostrar a los demás una realidad disfrazada de sombras, enmascarada y retocada. El ser humano intenta esconderse, fingir e incluso huir, disfrazando el lenguaje con palabras que desde el punto de vista auditivo suenan bien, aunque en realidad no sean sinceras, no sean veraces y no reflejen sino la más impune mentira. A diario vivimos inmersos en ese juego de palabrería infame que gusta a todos y no disgusta a nadie, una dinámica que todos acogen con presunción y en masa, asintiendo con cabezas adulatorias. Es un modo de huir sencillo y complaciente, pero sólo es éso: una salida que se ve truncada a cada instante cuando nuestra propia conciencia –mesurable y fiel a los dictados de nosotros mismos- nos indica que algo no va bien, que todo ha sido simulado, fingido y que no hay vuelta. Nos vemos entonces abocados a la nada y no hay remedio. Queremos cambiar, reconstruir y tejer como Aracne nuestra vida a base de nuevas palabras. Nos dimos cuenta tarde de que no es lo mismo introducir la ficción en nuestra vida que fingir nuestra existencia por completo. Se nos olvidó ser fieles al dictado de nuestros magullados corazones y caímos, y nunca resurgiremos cual Fénix de sus cenizas.
Tampoco es que la vida tenga que ser ante nuestros ojos tal y como es en realidad. No, tampoco es eso. Pero no podemos vivir en un continuo simulacro, en un ensarto de mentiras y de pruebas cobardes que nunca darán resultado. Es cuestión de abstracción y de voluntad. Entiendo que es más bonito decir “Te quiero” aunque en realidad no se sienta, aunque en realidad estemos abocados al paso de los años y al hastío de tanta lluvia enmudecida. Entiendo que es más fácil querer y que nos quieran y que haya toneladas de amor en el planeta y que lluevan sueños y que los ojos se nos empapen de vida al mirar por la pantalla del televisor y se nos pongan pletóricos y brillantes. También es más bonito y más sencillo dejarse arrastrar por lo que otros dicen y predicar con la ley aún sin aprobar de la conveniencia atroz y el miserable desdén. Es más fácil vestir de “Dolce & Gabanna” y llevar pantalones “Pull and Beard” y gafas de sol “Ray-ban” y sentirse aceptado frente a la masa (pero como un idiota ante uno mismo). Y sentirse “como Dios” cuando la persona que amas te dice que vas guapísima con esa faldita milimétrica que te has puesto sólo para que te vea. Y yo pregunto… ¿Entonces en qué quedamos? ¿Quieres mi falda y mis piernas o me quieres a mí? Y así se podrían poner miles de ejemplos. En fin, resumo y miro con ojos desengañados que lloran por un mundo perdido. Que las palabras están muy bien, pero cuando se dicen con sinceridad, no como palabras hueras, histéricas o innecesarias. No. No quiero seguir a la masa de cabezas consentidas y que consienten, que adulan y torturan el ignoto pero admirable sentido de la palabra.

Pero, a lo sumo, tampoco todo es negatividad. No sostengo para nada el carácter innecesario que conlleva fingir, pero, en cambio, soy partidaria de la ficción. La ficción como túnel o viaducto que nos conduce a la morada inhóspita de vidas paralelas, complementando así la nuestra propia. Esta vida semi-ficticia no anula para nada nuestra vida real y cotidiana, y sí la complementa llenándola de sueños y nuevas ilusiones. En esa vida paralela se recogen aquellas cosas que, o bien no podemos vivir (hablo de nuestras propias limitaciones) o bien no nos atrevemos a vivir. Por lo que la única forma de cubrir esa exigencia que enaltece el espíritu y nos otorga alas –y no de cera precisamente-, es soñándola mientra vivimos, para que al tiempo, ella nos viva y complete la vida real: aburrida, ortodoxa y sistemática. De esta vida fingida han hablado autores como Vargas Llosa, aplicado a la obra de Onetti en “Viaje a la ficción”.
Esa vida forjada a parte, nos recuerda al “ello” freudiano, a ese conjunto de pulsiones innatas que consiguen hacernos cada día un poco más libres.

Surge así la vida, tejida de sueños y ausencias, de deseos y olvidos, de lágrimas y esperanzas. La vida, nuestra vida, la que vamos forjando a cada paso, sin darnos apenas cuenta, entre jirones de piel, nostalgia, sangre y fuego. La vida, la única vida que se nos ha otorgado para modelarla –acaso no somos sino barro-. La vida que tenemos, infinita al apuntar el alba, y relámpago cuando nos besa el ocaso, y es tarde, demasiado tarde… La vida, hecha de otras vidas, de sombras y magia, de azul y gris y rojo.
La vida que somos en un incesante devenir de olas y lava, de miradas y pasos escondidos, de sendas y abrigos. La vida, en fin, que vamos escribiendo con renglones torcidos y algunos tachones mezclados con versos imborrables, donde la ficción pervive y no marchita e ilumina nuestras almas, el alma donde permanecemos, indómitos, a las voces susurrantes de nuestros monstruos internos, de nuestros “yoes” íntimos y epidérmicos, tejidos de piel bruñida por el sol de la existencia… Y no sigo, no podría, termino con palabras robadas que yacen del hontanar eterno de Virgilio (horresco referens).

sábado, 17 de enero de 2009

El sol blanco de Enero


“…y el sol blanco de enero
que ha helado el cielo y mi piscina.”

(Francisco Umbral)



Nadie puede contemplar el sol clarísimo de la mañana, cuando la luz aún no es luz pero quiere tornarse claridad y hay destellos que parecen venidos de otro tiempo a usurpar el olor de la tierra. Es enero. Muy temprano y hay olor a lodo en esta habitación pequeña y oscura. Mientras todo calla en soledad, abro la ventana y contemplo la ciudad devorada por las sombras del porvenir. Permanezco embobada mirando horas y horas tras el ventanal redondo de la habitación y pienso en cómo sopla el viento de una forma tan leve, sin mover apenas las horas de los árboles.
Al tiempo que sigo oteando por el ventanal, Layla se despierta y me roza la espalda. Es pequeña y tímida pero muy dulce. Es una niña preciosa que tiene cinco años de edad biológica y tal vez quince cuando te paras a mirar sus inmensos ojos que se tornan verdosos con la claridad del sol blanco de enero. Me mira y me sonríe y a mí me inspira una ternura infinita: sus tácitos pensamientos, sus manos blanquísimas como la nieve, sus ojos de escarcha a los que el tiempo aún no les ha sacado el brillo amargo de los años. Es bellísima pero no puede hablar, pero se comunica conmigo por sus ojos de cercanía inmensa, donde la tristeza aún no ha tocado fondo y los sueños permanecen y hacen amago de volar. Entonces clavo mis ojos en las dilatadas pupilas de Layla y parece que todo cambia en un instante, y la observo mecer su alma sobre mi corazón golpeado y derruido. Escucho su sonrisa y le dedico esas palabras que ella nunca podrá narrarme aunque me cuente miles de historias con sus ojos, con sus ojos de enero infinito.
Y me gustaría contarle que quizá cuando crezca descubrirá que la vida no es lo que ella piensa. Que la vida no es ese paraíso donde siempre imaginó vivir. Porque la vida no es todo eso que creen los niños llenos de ilusiones que pasean por el parque mientras saborean una piruleta. La vida no es eso. Pero Layla tampoco me responderá nunca, porque no habla. Y yo le contaré cuentos y canciones para que se duerma y en su corazón habite esa magia de cuando no sabemos nada y no lloramos nunca.
Y así me sentiré vivir un poco más mientras contemplo el sol blanco de enero. Layla se ha quedado dormida con mi canción y ahora sueña quizá con esta maravillosa tierra donde habitamos. Entonces la contemplo bellísima y silente. Y le digo en susurros casi imperceptibles: “Si tú algún me hablaras. Extendieras tu voz como un hilo de espuma… Si tú me dijeras tan sólo Carmen, si me llamaras y yo te sonriera tranquila, quizá todo sería hermoso y brillaría un sol de colores fluorescentes, con rayos fucsia y turquesa.”
Y es entonces cuando me doy cuenta de cómo el lenguaje maquilla con las palabras las cosas imposibles, y sé que ese “si…” implica toda imposibilidad. Y entonces siento que Layla duerme tranquila y cierro los ojos un poco y sueño tranquila, y es entonces cuando Layla me habla… muy despacio y con voz sutil que parece un hilo de espuma y es casi imperceptible, pero yo la escucho y casi lloro emocionada y la abrazo fuerte y la escucho, y escucho cómo me dice :
Carmen.
Y todo tiene sentido y hablamos mientras contemplamos el sol blanco de enero que cubre de tonos fluorescentes nuestras almas.