miércoles, 20 de abril de 2011

Diagnosis para un cerebro anestesiado





Sucede que no piensan los gorriones,

y es tarde para el verso y la p o e s í a,

los prólogos y epílogos de un libro

se quiebran en p a l a b r a s

que no se reconocen y no importan.



Sucede la tristeza de los taxis

parados en la puerta de los bares,

llamando a gritos,

y denigran mi alma mientras tanto,

y tanto que tan poco ahora importa.


Sucede la ignorancia colindante

a los pies de la cama de los muertos
y la estela terrible del ocaso.



Y además de la luz, el verso y sus delicias

se muere aquel cerebro anestesiado,

luchando por ser alma.



Yo sé el albo crujir desde la tierra,

su cisma, inanidad...





Y los rebaños yermos deambulan por las calles

de esta ciudad con sus ojos abiertos.



Pudiera ser la Divina Tragedia

del Siglo de las sombras,

repetir con las mismas voces tristes:

¡Yo quiero que me
clonen!


Habitantes o copias de un Madrid

de artificiales nubes.




Pero no televisan las miserias de Uganda.





Y sucede la luz,

y uno guarda en un estuche

la fiebre y el sudor exclamativo,

preguntándose

por qué sortijas de platino absurdas

decoran ya las lunas
del cristal del Corte Inglés;

preguntándose

por qué no hay paraíso ni lumbre incandescente,

por qué si diagnostican la tristeza

el hombre vive en risa, mientras tanto.



Sucede que no piensan los gorriones,

sucede que la tele está encendida

y voces como espectros me interrogan,

preguntándome

por qué seres humanos fotocopias

adulan al compás con sus cabezas.




Y están ahí, parados, diletantes...
En ese blanco abismo de la luz:

entre el Infierno amoral,

y el Paraíso,

que ya perdido,

está para perderlo.






Primer Premio del Certamen Literario de Poesía,

Universidad de Murcia 2011

domingo, 21 de noviembre de 2010

Prisa por vivir


Esta es la historia de nadie, la que podría ser la historia de todos y de ninguno. Es la historia de cada tú que está leyendo, la historia de los vivos y de los muertos, la historia de los que sufren y de los que son felices, la historia de los que aman y se aborrecen. Esta es la historia humana de los que piensan, de los que no mueren en la tragedia del no saber, de los que luchan por no perderse en la ignorancia. Esta es la historia de hacer catarsis, historia incontestable para curarnos del temor y de la compasión que nos convertiría en enfermos síquicos. Escúchala: esta es tu historia.



En el ático sombrío de la calle Arribau uno se queda mirando largas horas tras el cristal. Mira y remira a las gentes paseantes que, a tientas, recorren ciudades que nunca llegarán a conocer. Son las ciudades del mundo, ciudades de la humanidad que habitamos sin darnos cuenta y que ellas nos habitan dándose mucha cuenta de que, quizá mañana, ya no estaremos vivos, o lo estaremos, pero de otro modo. Uno puede pasar largas horas en ese ático de la Calle Arribau sin que parezca que han pasado segundos, minutos, horas, días, meses, años, la vida entera… (si es que hiciera falta). Ese uno puede ser cualquiera de nosotros, cualquiera de nosotros que no hace sino asombrarse cuando recuerda batallitas que contaba su profesor de Lingüística en primero de carrera. El honorable profesor relataba con pasión que Valle-Inclán aprendía de memoria cada noche una página del diccionario. Era una buena forma de ampliar el léxico. Ahora ya no aprendemos páginas del diccionario, ni aprendemos léxico ni nada de nada. Ahora no aprendemos nada. Ahora desaprendemos y nos damos cuenta de lo bello –ironía al canto- que es hacerse daño, hacernos daño y dejar pasar la vida, dejando indómita esa derrota de labios y de besos que es no amarse.



Uno podría pasar la vida entera en ese ático de la calle Arribau. Sólo le haría falta una guitarra, un trago de ese coñac tan amargo que beben los padres en las reuniones familiares y algo de buena compañía. ¿Por qué no reconocemos en este siglo XXI que muchas veces lo único que nos hace falta es algo de buena compañía? Somos esclavos de eso que nos dicen, de eso que digerimos de a poco, como el último responso sin fe de una misa imaginaria. Es la plegaria que el protagonista de esta historia está escuchando desde la calle Arribau. Ese protagonista podría llamarse Marcos, Javier, Pablo o Stefano, pero sin embargo, se llama Julián. Con todo, lo que está claro es que el nombre no implicaría ningún tipo de cambio en el desarrollo de esta triste, alegre, mágica, eterna, indescriptible historia.



Mientras tanto, Julián se resignaba a vivir –impasible- mirando tras un gran ventanal, imaginando que la vida es maravillosa, o realizando un viaje imaginario a la ciudad veneciana de las góndolas. Este nuestro protagonista, Julián, posiblemente se sentiría maravillado al contemplar el rumor de las aguas y su condescendencia. Se sentiría tan feliz que no le haría falta pensar en nada más. La poesía tampoco podría sacarlo de ese estado de imperturbabilidad. Nada sería suficiente. Nada le sería suficiente. Sólo el agua, una góndola, el recuerdo de un amor… Los ojos se le llenarían de lágrimas y –muy posiblemente- comenzaría a entonar un canto en una tonalidad mayor. Se le esponjaría el alma. El corazón se le saldría del pecho como arsenal de pasiones indómitas. Ese alguien que mira por el ventanal de la calle Arribau no se imagina lo bello que sería amar a alguien despacio, muy despacio, tan despacio que el tiempo se dilataría, se haría inmenso: besar los labios de una joven, acariciar sus manos, tocar su pelo, rozar su piel… ¿Quién se considera tan sobrenatural para no sentirse capaz de amar a nadie? Sólo los dioses pueden permitirse el lujo de no sentir, de no dar, de no entregarse. Sólo los dioses se pueden sentir en calidad dioses. Nosotros, los “humanitos” hemos de conformarnos con esta tierra, con esta vida que se nos presenta infinita al apuntar el alba y relámpago cuando nos besa el ocaso, y es tarde, demasiado tarde ya… Tenemos que conformarnos con ver la televisión y correr de un lado para otro: vamos al trabajo, al cine, al supermercado, al dentista, a la consulta del psiquiatra, al podólogo, a la peluquería. Como el protagonista de esta historia, atendemos a un espectáculo que se repite cada día. Estamos vivos porque vivir nos duele. Estamos vivos y sabemos que estamos vivos por cada punzada de dolor que sentimos a cada paso. Cuando caminamos también descubrimos que estamos vivos. Vamos escribiendo nuestra historia en renglones torcidos, con frases imborrables y algunos tachones. Vamos dilucidando ese algo que queremos divisar de a poco, mientras la vida nos pasa sin darnos apenas cuenta.



Somos mártires de este continuo aniquilarse que es vivir a contratiempo y a contra reloj (el protagonista de esta historia lo descubrió desde el primer momento que centró su mirada en aquel ventanal). Parece que le han puesto tiempo a nuestros actos. Vivimos siendo cómplices de esa pequeña muerte diaria de hacer lo que se espera de nosotros, lo que los demás esperan de nosotros. Sería bellísimo un país sin tiempo, un lugar sin tiempo, un limbo sin tiempo. Sería bellísimo levantarse un día y descubrir que no estamos vivos porque respiramos, sino porque somos felices. Sería bellísimo rebatirle a los médicos que no sólo se vive por respirar. No es sólo eso: respirar es condición indispensable, pero hemos de ser felices. Vivir en la infelicidad no es vivir. Y eso que el protagonista de esta historia sabe muy bien que la felicidad no existe. Como bien le dijo su profesor de filosofía: ¿Qué es la felicidad sino el hecho de asumir que dicha felicidad no existe y, con todo, seguir viviendo? Los humanitos hemos de descubrir que un día nacimos y un día moriremos y seremos capaces de llorar al sabernos muertos. Y borrar el dramatismo de la muerte, y borrar nuestros ojos de caballo blanquísimo y anestesiado. No estamos anestesiados. No estamos drogados. No estamos drogados porque tenemos los ojos abiertos, las ventanas de los párpados de par en par hacia un atisbo de esperanza. No estamos drogados aunque ante la sociedad así lo parezca.



Pero este protagonista que podría llamarse Marcos, Javier, Pablo o Stefano pero que, sin embargo, se llama Julián, sabía que nunca saldría de aquel ático de la calle Arribau, que salir de ahí le produciría un pánico inmenso, que no podría soportar salir a la calle y comprobar que la gente va de un lado a otro y que no son capaces de mirarse a la cara, los unos con los otros, los altos con los bajos, los ricos con los pobres, los rubios con los morenos, los chicos con las chicas, los blancos con los negros, y todos esos binomios absurdos que el protagonista de esta historia tanto detestaba. Él prefería seguir observando cómo las palomas se aquietaban en la plaza del pueblo y se posaban en el hombro de algún mendigo o, simplemente, comían migajas de pan frente a la fachada gótica de una catedral. Todo era más bonito en blanco y negro.



Julián recordaba con nostalgia aquella caja de madera repleta de fotografías que de pequeño le enseñaba su padre. Eran fotografías en blanco y negro, en un impecable blanco y negro. ¿Llegaría él a tener también una caja llena de fotografías? Al fin y al cabo, en ella se encontraba su vida entera y no tenerla significaría no haber vivido, no tener recuerdos, y sin recuerdos uno está abocado al más implacable desdén del tiempo, reducido a la nada, revestido de olvido. Tenemos el olvido y tenemos su fuerza arrasadora que devasta el espíritu y que no nos hace sino construir mazmorras de espanto.



Era admirable aquel ático barcelonés de la calle Arribau. Julián denotaba amor por el arte, por la lectura y por la música. En aquel ático se podían divisar infinitas colecciones literarias y figuritas que él mismo esculpía y que resultaban ser de una calidad inigualable. No faltaba tampoco un flamante piano de cola blanco. Era de su padre. Era el piano donde murió su padre dando su último concierto en una ópera parisina. Allí había pasado (quizá) los que serían los años más triunfantes e infelices de su vida: se enamoró de una cabaretera de un café francés ambientado en las vanguardias parisinas, terminó de componer su última ópera aunque nunca llegó a estrenarla y vio morir a su hermano instantes después de que interpretase la Elegía de Fauré. ¿Sería casualidad o todo estaba ya preconcebido? Quién sabe… Sucedió así y es inútil detenerse en los porqués.



Desde ese afecto paternal, Julián se sentía un ser mediocre. No llegaba a disfrutar de esa plenitud que le brindaba la música, la lectura, la contemplación de transeúntes ajenos. No sabía qué le faltaba a su vida, pero había de encontrarlo. Aquella tarde la pasó entera como un indeseado voyeur, contemplando cada uno de los movimientos de los cientos, miles de personas (quién sabe la cantidad exacta) que caminaban –más bien corrían- por las calles de su Barcelona natal. Quizá hubiera sido más fácil cerrar los ojos o volarse su magnífico cerebro de un disparo, pero no. Julián no podía hacer eso. El suicidio sería una opción demasiado fácil. No podía permitirse el lujo de irse de este mundo sin haber tocado con la punta de los dedos esa locura maravillosa que es el amor. Julián no podía dejar esta tierra que habitamos sin descubrir qué era eso que le faltaba a su vida. ¿Sería cuestión de una buena compañía? Ni él mismo podía atisbarlo, ni siquiera de soslayo.



Se complacía –o más bien se horrorizaba- vislumbrando el trajín de las gentes. ¿Estarían enfermos? Parecían anestesiados. Sí. Ellos sí que parecían anestesiados como ese caballo blanquísimo del que a Julián se le había venido una leve imagen anteriormente. Caminaban sin pausa, caminaban no ausentes de acelero, sin descanso y cercanos al tedio. Eran cómplices de esa abulia existencial que provoca la rutina. De esa sensación enojosa mezclada con el empalago de una vida mecanizada. Estaban inmersos en esa aversión que provoca ser un puro autómata.

-¡Autómatas! ¡Eso es! (se decía Julián –ahora sí- con un sentido de autocrítica mucho más lúcido).

Le hacía mucha gracia ver cómo una ejecutiva vestida de traje de chaqueta caminaba rápidamente subida en unos vertiginosos tacones de quince centímetros. Caminaba imparable hasta su lugar de trabajo. Iba arregladísima, guapísima, estupenda. Julián admiraba su capacidad para caminar a semejante velocidad con semejante calzado. Le parecía realmente admirable y vomitivo al mismo tiempo el modo de vida de aquella joven. Julián calculaba tendría unos veinte y pocos años. Era castaña, de ojos claros, de piel tersa. Maquilladísima, bellísima. A Julián le gustaría pintarla desnuda, hacerle un retrato análogo al que le había hecho a Mery, una joven prostituta que de vez en cuando venía a visitarlo. Mery sí que era dueña de una belleza sobrenatural. Si no fuera prostituta, muy probablemente Julián se hubiese enamorado de ella. Pero el destino nos encauza y nos dice qué hemos y qué no hemos de hacer, y Julián no podría enamorarse jamás de una prostituta. Su protocolo y normas morales se lo impedirían. Lo había pensado muchas veces. Son incontables las veces que Julián la había imaginado a su lado, como su pareja formal. ¡Quién sabe! Quizá como su esposa…

Aquella tarde/noche en el ático de la calle Arribau, Julián tuvo un sueño revelador. Le pareció haber encontrado el antídoto, la cura a tanta tragedia interior, a tanto sentimiento de mediocridad, de no-plenitud. Aquella noche descubrió la verdadera enfermedad del siglo XXI: “prisa por vivir”. ¡Sí! ¡Prisa por vivir!

Todo volvía a tener sentido. Se había dado cuenta de que somos nosotros mismos los que a cada paso nos vamos matando, aniquilando, destruyendo. Vamos forjando nuestro camino pero en realidad no sabemos que caminamos. Vivimos sometidos al trabajo, a las obligaciones, a la rutina. Vivimos sometidos a horarios, a un reloj, a una cierta metodología y resulta horrible vivir sometido a ese tipo de cosas. Julián en su ático nunca miraba el reloj. Aquel lugar parecía el lugar sin tiempo. No hacía falta saber la hora: pintaba cuando tenía algo que pintar, comía cuando tenía apetito para comer, reía cuando tenía ganas de reír, estudiaba cuando de veras sentía que debía estudiar… No había nada ni nadie que le dijera qué hacer, cómo hacerlo, cómo ejecutar una bellísima obra al piano. Era libre y era bellísimo sentirse libre. Julián experimentaba esa sensación mientras miraba por el ventanal de ese ático barcelonés. Había descubierto la enfermedad del siglo XXI, la enfermedad de la prisa. ¿Por qué negarnos a nosotros mismos esta derrota de almas que luchan contra relojes en el tiempo? Resulta absurdo seguir viviendo en esa entelequia que aniquila todo mundo interior.

Mientras pensaba todo eso se daba cuenta de lo muchísimo que echaba de menos a Mery. Hacía casi tres semanas que no sabía nada de ella, justo desde la última vez que vino a visitarlo. Julián recuerda ese último encuentro con gran lucidez. Ella estaba más bella que nunca. Vestida entera de cuero, se disponía a desnudarse: Julián le había prometido regalarle un retrato para su próximo cumpleaños. Así que Mery se fue desnudando lentamente. A medida que la joven se iba quitando la ropa, Julián sentía que el corazón le latía con más fuerza. Se sentía tan vivo que casi podía respirarla a ella también. Sentía que tenía oxígeno para los dos, que no se asfixiarían en esa galaxia rodeada de relojes acechantes que marcan la hora a cada instante.

Julián se quedó mirando largo rato el retrato de Mery: cada línea de su cuerpo era un abismo, un precipicio insondable, un despeñadero de ausencias. Era un retrato muy hermoso, pintado con tanto amor que los mismos trazos parecían finísimas hebras doradas de un lienzo de Velázquez. Julián seguía embobado y obcecado en su idea de transportarse al cuadro. ¿Qué mejor cosa que hacer? Nada mejor que dibujarse junto a ella en ese sutil retrato y amarla para siempre. Es curioso cómo los humanitos a veces tenemos que conformarnos con imaginarnos en un lienzo junto a la persona amada. ¿Tanta es la ausencia que devora nuestras almas? El pelo de Mery parecía una madeja de estrellas: era tan dorado que casi podría haberse confundido con los febriles rayos del sol. Su boca era de puro rojo, incandescente, ardiente en pasiones y hecha boca de labios carnosos, tan bellos que Julián se los besaría toda la noche, lentamente. Le diría al oído tantas cosas que de sólo pensarlo un tremendo escalofrío le recorría las entrañas. La sentía tan cerca que estar a escasos centímetros de ella era estar demasiado lejos, demasiado separados. Julián quería convertirse en país limítrofe a su carne. Decirle que las noches con ella son menos frías y que el cielo es más azul desde que mira sus ojos. Decirle, además, que esta vida es una rejodida hijaputez, un totum sin sentido, y que hay poquísimas cosas que valgan la pena, poquísimas cosas por las que merece la pena levantarse cada mañana y darle los buenos días a un sol que nos mira con descaro y que se burla de nosotros. Decirle que todos aquellos que están en la calle viviendo a contra reloj son unos tarados y que jamás comprenderán el verdadero sentido de la vida, que en el momento de su muerte –como en El Club de los Poetas Muertos-, descubrirán que no han vivido y que entonces no habrá retorno. Le encantaría –incluso- decirle que la quiere, y confesarle que su mayor ilusión sería vivir con ella, levantarse con ella en aquel ático de la calle Arribau y hacer el amor todas las mañanas mientras desayunan tostadas, bizcochos o zumo de pomelo, ¡qué más da! Decirle que (sin embargo) no puede confesarle todo eso porque en el fondo no es más que una puta barata acostumbrada a retozar con cualquier clase de tipejos y que él no puede aceptar su modelo social aunque en el fondo se le caiga el alma al suelo cada vez que imagina cómo cualquier depravado la está amando, besándola, recorriendo cada esquina de su cuerpo. Le gustaría decirle que sin ella la soledad no es lo mismo, que la soledad –sin ella- se ha vuelto una amante inoportuna que le quita color a los días más soleados. En ese instante sonó el timbre. Julián se asomó por la mirilla: era Mery. Guapísima, deliciosa, exuberante, como siempre. ¿Le diría todo lo que llevaba guardado en su cajón de la memoria, en la cárcel sin piel de la memoria, tatuado a fuego en su alma? ¿Acabaría ya esta pesadilla de caer en el tedio y en la mediocridad?

Nadie lo sabe. Era jueves y en el piano sonaba una bella canción.

Segundo premio de relato.
VIII Certamen nacional Ana María Aparicio Pardo.


Fotografías del acto de entrega de premios (2-10-2010):






















lunes, 18 de octubre de 2010

Catarsis de concierto de Sabina



«La culpa fue de la literatura,
que es un deporte de alto riesgo» (J. Sabina)

Era una noche cualquiera. Nadie hubiera esperado algo especial de ese cielo cabrón de ojos abiertos que miraba con rabia a la ciudad de Murcia. Claro, que faltaba un pequeño detalle, y es que el flaco nos iba a acompañar durante unas horas. Nos hizo sentirnos poetas en aquellas horas de concierto, y la luz se enfrentaba por momentos a esa tenue debilidad traidora que cercena la alegría. Se hizo esperar –como todo lo que de veras importa- pero llegó con su costilla rota a llenarnos de versos y canciones. No supimos que estábamos vivos hasta que la luz de su música penetró en nuestras pupilas, diciendo que esta vida es transitoria y no hay más. Nos contó con su labia de poeta callejero cuán culpables eran los libros de su salud. Él mismo afirmó en palabras que recuerdo con tamaña ternura que “la culpa fue de la literatura, que es un deporte de alto riesgo”, y es que el caer de esa escalera era otra bella metáfora que salía de su ser hecho éxtasis. No sé si habría bebido un whisky on the rocks (quizá varios), o más bien –antes del concierto- habría incitado a las musas preparándose ese tipo de cócteles tan de su gusto, o si en este caso su motivación sería la inspiración del humo y su halo de incertidumbre. El flaco nos recibió con dos noticias. Le brillaban los ojos, esos ojos pequeños surcados en los bordes por unas bellas arrugas de existir. La primera era triste, acordándose de la muerte de José Antonio Labordeta, que nos ha dejado; la segunda, feliz y grata, anunciándonos que ya tenemos premio Nobel de literatura, que Mario Vargas Llosa es el príncipe de las letras, pero a su vez, advirtiéndonos sobre los peligros de los libros, sobre los riesgos de de la literatura (que los tiene). Así pasaban los minutos (luego las horas) entre risas, y tres generaciones se daban cita en aquel espectáculo ingrávido de la música. Vestido de frac y con su ya mítico bombín, nos desvelaba secretos que no aparecen en los libros ni en la televisión. Nos iba inyectando en el alma ese letal veneno de la vida, de la vida de un sexagenario que ha besado la miel del pecado y ha escalado montañas hasta llegar a las cimas de la ebriedad. Con su vida bohemia, con rota y desquebrajada voz, con su no sé qué y su qué se yo, me hizo emocionarme, a mí y a muchos otros, que yo miraba sus caras y veía impreso en sus rostros ese gesto amable del sentirse complacido. Con el cigarro temblándole en los labios, con su ese teclado mellado del acordeón, con esa música que parece que se ha hecho madura con el paso del tiempo, que no ha envejecido y que nunca lo hará porque sigue viva, que pervive, pues la música también es una forma de inmortalidad. Eso me enseñó Sabina, que la música es una forma de inmortalidad, no sé si más noble que la literatura pero sí al menos lo es tanto como esta última. Poco más, bueno sí, que gracias por existir y por hacer en mí un poco de catarsis. Me llevo en la memoria el recuerdo de esta noche, el recuerdo de ese cielo nigérrimo de la noche de ojos abiertos, y el recuerdo de la leve intensidad de las luces del alba. Ya estará amaneciendo, es probable que ya se pueda atisbar en el cielo el resplandor de claridades primeras. No sé si algún día tendrás conciencia del sentimiento que infundes en la vida de mucha gente (quizá ya te hayas dado cuenta). No sé si escribo porque te admiro o porque sé que nunca te dejaré de admirar (quizá por sendas cosas). Poco importa ya. La luz me pide descanso, pero es bonito ver amanecer. Es bellísimo ver amanecer después de esta catarsis, dormirse despacio mientras el ruido irrumpe en las ciudades, desgarrando las entrañas de la tierra. No sé si esto será una despedida, o sólo el comienzo de una eterna mostración. En esta noche cualquiera de cuyo cielo quisiera acordarme, itero mi agradecimiento. No sé si a las musas por lo que te dan cada noche entre suaves desvelos, o a ti… por ser respuesta entre mundos sedientos de palabra. Sólo un deseo y una petición: que seas feliz y sigas escribiendo.

Ojalá volviera a verte…

jueves, 2 de septiembre de 2010

Septiembre y otras lluvias


La diafanidad de septiembre siempre me recordó a un solo de chelo bien ejecutado en una orquesta. Será que todo lo asociamos. Y se parece mucho, también, a la lluvia de un desierto, con su claridad tibia y leve como un sol rojo, de ardientes rayos, pero muy suave. A veces pienso en septiembre y paladeo la palabra septiembre mientras mi estómago elabora arpegios de loca intriga, y en algún recoveco de mi alma se derrite una flor. Porque septiembre equivale a días más cortos y tristes, a luces de otros tonos más lóbregos. Junto a un quinqué podría escribir cuarenta palabras con un perfume viejo y un adiós. Escribir, por ejemplo, la palabra “advenimiento” o “rutina”, porque septiembre es eso a veces: advenimiento de la rutina. Un recomenzarse en hábitos y relojes. Hablo de los días de un septiembre cargado de una lluvia sempiterna y amoral, de un septiembre contemplado desde la Plaza de Santo Domingo, mientras imagino que pasa un niño montado en bicicleta (ya no pasan niños montados en bicicleta) y avisto a las palomas, a aquellas palomas que se contentan con las migajas con que unos y otros las abastecen. Nunca antes había contemplado la Plaza de Santo Domingo en septiembre. Nunca antes había sentido ese calor vacío de septiembre en Murcia, ese calor reconfortante que se ve menguado por el aire quieto manso que azota los toldos de los restaurantes y cafés, de aquellos lugares donde la gente escribe en cajones pensamientos secretos. Sí, alguien me contó que existe en Murcia un café donde la gente escribe todo tipo de cosas en pequeños papeles que depositan en cajones de madera oscura, papeles que luego encuentra otro y los lee a la salida de clase en la Universidad o una tarde mientras bebe una cerveza con un compañero y fuma un Golden Virginia Yellow. Ese tipo de cosas gustan muchísimo a los estudiantes, y a mí me fascinó toda esta historia de los cajones, porque yo imagino historias fantásticas y terribles que emanan de las palabras escritas en esas hojas. Serán palabras bohemias y catárticas que al leerlas curarán un poco de la soledad de septiembre. Nunca he entrado a aquel café de los cajones en que la gente escribe por miedo a encontrar algo. Pero algún día entraré. Y muy pronto, lo prometo. Entraré con alguien que quiera acompañarme y pediré algo para beber y, mientras escucho la música purgante de Philips Glass o el ambiental tango de Roxane, escribiré alguna nadería y la introduciré en el cajón. También leeré cosas de otra gente, imaginando cómo serán sus vidas, cuándo habrán escrito eso y por qué. Inventaré cada uno de sus rostros, con sus facciones delineadas, y de esa experiencia ilusoria, dotaré de vida a nuevas personalidades en el mundo. Compararé las distintas caligrafías, los distintos mensajes como para encontrar un nuevo sentido a todo esto que nos pasa y que no concebimos más que como una masa multiforme pero abstracta, si cabe más real por invisible. Y luego, cuando haya leído cada una de las misivas sin destinatario, las guardaré en sus correspondientes cajones y, junto a ellas, guardaré también mi mensaje, mis palabras para el mundo, mi billete hecho sílabas de angustia y esperanza. En todo esto pienso desde la Plaza de Santo Domingo, mientras doy de comer a las palomas e imagino a un niño montando en bicicleta. Así redimo un poco este advenimiento de rutina que es septiembre, ese mes hecho días y horas y minutos y segundos, ese mes con hilvanes de sueño y costuras de tiempo intransitivo, ese mes de carne trémula y gastada, ese mes que se parece demasiado al barrido cetrino que proyecta la luz sobre una hilera de farolas. Eso es septiembre, sólo eso, un despertar de lo viejo en el corazón de los jóvenes, contemplar Santo Domingo a las ocho de la mañana y a las dos de la tarde, al salir de la Universidad, a las tres de la mañana o a cualquier otra hora que ofrezca ese brillo azul de los días sin tiempo, de aquellos días sucesorios, mortales y tristes como la luz provisional de la tarde. Y nada de eso es la lluvia, pero tampoco importa en demasía. Mi corazón es ahora un soldadito de pelo rubio que hace crucigramas en la noche; y la vida -¡ay, la vida!-, la vida es una alfombra blanca empapada de flores donde me precipito a mirar las nubes, de noche, mientras paladeo la palabra septiembre e imagino los bancos de Santo Domingo o el olor del pan recién horneado en una exorbitante tahona, y me reinvento en días y horas y minutos y segundos. Y nada, nada de eso es el tiempo.

domingo, 25 de julio de 2010

La inocencia no salva


Cuando veo a un niño pasear por calles angostas, o atisbo a un joven escrutando su existencia sola, o imagino el sabor tan dulce del azúcar, o la luz oscura de la tarde, es entonces cuando sé que la inocencia no salva.
Permanecemos en la vigilia adorando la carne virgen de las niñas o el color azul de unos ojos vivos, pero no. No sabemos exactamente de qué redime la inocencia, si es que redime de algo. Una vez alguien me contó que la inocencia es el mejor pretexto para eludir la culpa, pero no creo que sea exactamente eso. Nietzsche estaría de acuerdo, al igual que Samuel Beckett en “Esperando a Godot”, porque qué si no podría ser la inocencia. Mi amiga Ele se ríe mucho cuando le hablo de la obra de Beckett y dice que ese teatro del absurdo no sirve sino para crear más interrogantes de los que ya existen. A Silu tampoco le gusta: no pudo leer más de tres páginas seguidas, pero eso tampoco importa.

Cualesquiera que sean sus posibles acepciones, yo creo que la inocencia es algo ignoto, que ni se crea ni se destruye: sólo se transforma. Por eso estamos vivos: porque existe. Y quién pudiera salvarse y salvarla también a ella, pero no. La inocencia no salva, ni cura del espanto; la inocencia sólo es un refugio, una morada para los sueños y para todo lo que sentimos. No más.
Si ella no existiera, moriríamos de a poco, sería como vivir desmemoriados, llegaría un momento en que caeríamos en la cárcel sin piel de la conciencia. Pero nos queda la inocencia, no sabemos para qué ni por qué. Pero nos queda una inocencia sin edad que atañe a niños y a jóvenes y a adultos y a ancianos.

Porque es necesario que nunca llegue el fin de la inocencia, que es como una voz en off resguardada en nuestra cabecita. Y el sol también desprende un haz de luz mayor bañado de inocencia, y la vida se esculpe en materiales sobrios bañada de inocencia, y –también- el amor queda elevado a una categoría superior bañado de inocencia, porque el agua de la inocencia sí que redime. No es tanto la redención de la inocencia en sí misma como los pequeños placeres que nos despierta. La inocencia pasea por ríos de aguas diáfanas, por lugares lejanos donde no hay tiempo ni distancia, la inocencia (también) es la magia de la lluvia fina que cae en verano y nos purifica en pequeñas dosis. Y ya no sé, si alguien me preguntase por ella, lo que diría. Quizá diría que es una cajita diminuta que custodiamos en el alma para no morir cada día un poco, quizá diría que es una personita intangible que vela por nosotros y nos resguarda de las atrocidades del siglo XXI, quizá diría que es un semidios que nos hizo más humanos al tiempo que más felices. Eso sí, nunca hablaría del poder redentor de la inocencia: no lo tiene. Ya bien lo dijo Antonio Gala en uno de sus versos: “La inocencia no salva. / Nada salva cuando se ausenta la hermosura”. Pero cuando recordamos, cuando miramos las manos de un anciano, nos damos cuenta de que permanece la inocencia, se transfigura y se convierte en rito de inmortalidad. Y sé qué quizá mi voz atribulada esté osando al hablar de la inocencia y al darle un atributo de inmortalidad (puede que ni siquiera lo tenga). Pero yo quiero escribir no tanto lo que estrictamente ya es y tiene existencia, cuanto lo que podría ser y lo que me gustaría que fuese. Por eso, en esta tarde de verano (no sé si de un verano con o sin inocencia) me interrogo sobre algo que creo que nos atañe a todos.

Hablo de inocencia de niños, de jóvenes, de adultos y de ancianos; hablo de esa inocencia que no se encuentra en la cola de comprar el pan ni se puede obtener en el mercado de la plaza del pueblo. Precisamente, lo bello de la inocencia es que nos viene dada y depende sólo de nosotros que no la perdamos. En la tele se oye mucho hablar de la pérdida de la inocencia. Llegan hasta mis oídos frases análogas a las siguientes: “He perdido la inocencia”, “No seas inocente”, “dónde estará mi inocencia”, y todas ellas me producen un sentimiento de repulsión y rechazo mezclados.

La inocencia nunca se pierde, seres octogenarios gozan de ella y se ven redimidos por su halo inmenso. Es probable que no salve de nada, pero la vida sin inocencia sería una tragedia. Y admiro a quienes no la han perdido aún y a quienes -ya octogenarios- siguen sin perderla, pues la inocencia es un tesoro que nos mantiene vivos, jóvenes, que mantiene nuestro corazón puro para (quién sabe) alcanzar la felicidad algún día, ese tipo de felicidad que no es encuentra en la prensa rosa, ni en el informativo de las dos, ni en los partidos de jockey, sino en la belleza infinita del aire que nos azota en la cara en una mañana en que hace mucho frío, en la fotografía perenne de un anciano o en la cordialidad serena de un abrazo.

No sé el porqué de todo esto, pero no pararé hasta averiguarlo. Mientras tanto la inocencia me guiña un ojo y me baña con el agua pura de tierra.

viernes, 2 de abril de 2010

El fin del mundo



El fin del mundo es el dolor que se mece dormido a las puertas de un sanatorio, es el dolor de las calles mojadas de domingo por la tarde, es la tristeza de los viejos y la prisa de los jóvenes. El fin del mundo es el hastío que camina dando tumbos de un lado a otro, que recorre ciudades mientras se besan los infieles, y el placer escapa, y esta vez se escurre entre los dedos. El fin del mundo llega con esa palabra fingida, es el aborto de una función de teatro, es el sinsentido de un cuadro impresionista visto desde muy cerca. El fin del mundo es la terrible soledad que asola los tejados, que herrumbra las calles y se deshace en abrazos de frío. El fin del mundo es ese parque lleno de botellas de vodka vacías, y de Martini, tiradas por el suelo, como si fueran a recogerse solas: las de ayer, las de hoy, las de mañana. El fin del mundo es ese niño rubio que mira la tele, es ese niño rubio drogado de ordenador, es ese niño rubio que ya ni siquiera es niño y ya ni siquiera es rubio. El fin del mundo son los ojos que lloran, son las bocas que callan, son las mentes que olvidan. El fin del mundo llegó desde la primera edición de gran hermano, desde ese terrible ojo que todo lo dominaba, que no atisbaba nubes en su fondo. Y no era precisamente ese ojo surrealista de René Magritte, no. Era otro tipo de ojo de mirada inquisidora. El fin del mundo es ese devastador invierno de suicidios y adioses, es ese cementerio de besos que se derrite en la otra orilla. El fin del mundo es el sabor nauseabundo de palabras de tú a tú, sabor de palabras de gente que jamás ha oído hablar del haiku, como si eso importara más que un cenicero lleno de colillas, o una flor deshojada, o de una sopa de cucarachas de colores. Nadie se atrevería a afirmar que existe esa sopa, ¡una sopa de cucarachas de colores! Nadie se atreve a afirmar que el fin del mundo ha llegado. Ha llegado: llegó. Nadie se dio cuenta.


Un niño rubio sorbe con prisa una sopa de cucarachas de colores con sabor a nunca más.

viernes, 31 de julio de 2009

Palabras para el tiempo que nos queda.





“Somos el tiempo que nos queda”

J.M. Caballero Bonald


No trates de matar el tiempo. Es terrible como él solo nos impide provocar su muerte, terrible notar como poco a poco que el alma va encontrando su camino, ese camino donde apenas nadie sabe seguir de frente sin torceduras. No trates de aniquilarlo, de que te pase sin que te viva, de que te pase de largo y no regrese sino para decir adiós. No trates, tampoco, de seguirlo mientras él te huye como huye la vida dando paso al exterminio. La guitarra seguirá sonando igual, seguirá vibrando en este cuarto pequeño y oscuro donde apenas me atrevo a decirte que no trates de matar el tiempo. Tampoco se perderá esa última gota de aliento: gota de existencia de clon microscópico. Las luces siguen siendo luces a pesar de las terribles sombras que nos ahogan, por entero, en la esencia misma del tiempo que nos huye. Por éso, cuando te miro a los ojos y los veo esquivando las esquinas crueles de los relojes, siento algo que quizá debería llamarse miedo, terror o ira. Cada uno escribe las páginas a su modo. No es bueno ni malo, sólo son modos, igual que unos ríen y otros lloran; y así todo en su ciclo de lámpara inconclusa. No importa que nada más exista, tampoco la existencia nos ayuda más que a sobrevivir. No importa que las noches sean más frías, como en Diciembre, o que ya no te emocione esa letra de canción de algún cantautor que admiraste hace un par de noches. Nada de éso importa. Deja que la guitarra suene. Déjame, por un momento, que sea esa guitarra eléctrica que me enseñó a vivir, la que ponga punto y final a la historia, como un conato de ausencia, de soledad, de alejamiento. Deja que por un momento, el tiempo nos escuche en la distancia, el tiempo venere nuestros ojos, que fueron los mismos ojos que vieron esa guitarra que sigue vibrando en este cuarto pequeño y oscuro donde apenas me atrevo a decirte que no trates de matar el tiempo. Él se mata sólo, y nos mata. Por ahora, víveme.

miércoles, 15 de julio de 2009

Homenaje hernandiano




Hay dos tipos de poetas: los sencillos y los que no son poetas. A los primeros no les hace falta mostrarse como tal, porque llevan la creación artística recogida en su esencia, porque no necesitan hacerse notar pues ya su obra habla por sí misma y los induce a moradas abrigadas en núcleo dorado. Los sencillos no necesitan decir “Yo soy poeta”, no necesitan halagos ni amagos de pleitesía. No buscan la gloria, la fama o el reconocimiento. Simplemente persiguen y consiguen la satisfacción por el trabajo, la plenitud por el trabajo, el trabajo por el trabajo. Escribir versos es más que una profesión para ellos. Es un modo de vivir, el modo en que sus ojos conciben la realidad que les circunda. En cambio, los segundos –los que no son poetas- necesitan realizar todo tipo de esfuerzos para hacerse notar, para obtener un reconocimiento vacuo que sólo se sustenta en la apariencia, en la fama que puedan alcanzar con respecto a sus semejantes. Escribir para ellos es casi una obligación pero en sentido demagógico. Se transmuta en una actividad de realización completamente obligatoria que no satisface sino que esclaviza pues tiene un carácter teleológico: el mero reconocimiento y la aceptación y alabanzas y oratorias de la gente.




Pues bien, dentro de los sencillos, entraría la figura indiscutible de Miguel Hernández, el poeta oriolano, mártir por la libertad, arraigado en el pueblo, desvivido por la gente, por salvar la carne de ese niño yuntero esclavizado, por redimir la angustia de sus seres queridos y, simplemente, por redimir la suya propia y, también la nuestra, la de aquellos lectores que buscan algo así como la salvación en el mundo terrenal que habitamos por medio de sus versos duros pero veraces que desplazan la mirada hacia sendas desconocidas que incitan a la reflexión.



Miguel Hernández, el arquetipo máximo que demuestra que cuando hay ilusión y talento de por medio no hace falta una gran formación; el que nos hizo saber que aún en unas condiciones desfavorables se pueden escribir versos; el que venció a la muerte mediante la palabra; el que nos enseñó a enamorarnos con su sencillez; el que nos llamó a la lucha, a la libertad y sobre todo, el que me enseñó que a veces la poesía no brota de la inteligencia sino desde la hondonada más recóndita del corazón.



Pues bien, yo conocí la poesía del Miguel Hernández de pura casualidad. Un día remoto, no sé ni siquiera cuando. Un día que estaba ojeando los libros que tenía por casa; y lo encontré. Encontré un libro de poemas de amor donde se leía en letras doradas su nombre: “Miguel Hernández”. Entonces lo cogí y lo estreché en mis brazos pues el libro me llamaba (a veces los libros me hablan y no estoy loca). Entonces encontré gran variedad de sonetos hermosos, las nanas de la cebolla, la canción del esposo soldado y, un poema que me llamó la atención de una forma especial: “Antes del odio”.


Lo leí despacio, muy despacio y me marcó. Porque ese poema no es como muchos otros poemas que lees una vez y cuando decides volverlo a leer ya no suena igual, ya no dice lo mismo –hay cosas y en este caso poemas que cuando se releen cambian por completo, ya no llenan, ya no trasmiten esa fuente de sentimientos que nos produjo la vez anterior-. Pero “Antes del odio” era diferente, su gran hondura, su desnudez poética, su sencillez y claridad me fascinó. Expresaba exactamente cómo yo me sentía. Esa mezcla de sentimientos ensombrecidos por los besos y la ausencia, miles de sombras vagando, el canto de un pájaro sin remisión, golondrinas en el aire, y la libertad de colofón me cautivó por completo. Lo leí tantas veces que me lo aprendí de memoria. Yo tendría 12 años más o menos y ningún otro poeta había conseguido enamorarme hasta el momento tanto como Miguel Hernández. Luego seguí leyendo a Pedro Salinas, Neruda e incluso a Cernuda (mi poeta predilecto) pero la figura del poeta orcelitano seguía grabada a fuego en mi interior.


De vez en cuando cogía ese libro y leía algún soneto, algún poema al azar y siempre disfrutaba. Cuando crecí algo más encontré una Antología suya que hasta entonces desconocía. También me dispuse a leerla. Desde ese momento Miguel Hernández era una de esas personas a la que amaba por el legado que había dejado inscrito con su obra. Archivé su nombre y lo guardé en mi pequeño cajón de palabras no perdidas. Y el tiempo pasó –como pasa siempre- hasta que en mi promoción de Segundo de Bachillerato descubrí que lo habían incluido como uno de los tres autores a estudiar en la asignatura de Lengua y Literatura. Mi emoción era entonces aún mayor. Aumentaba por segundos y sólo esperaba el momento en que tocaba esa clase de Literatura para escuchar su nombre o el de alguno de sus poemas.
Fue un curso apasionante. Poder compartir mi pasión por la poesía, fue algo que adoro haber vivido, como se adora la luz del amanecer que irrumpe oblicua por la ventana.

Entonces otra nueva idea rondaba por mi cabeza: componer una canción con la letra de ese poema del que he hablado “Antes del odio”. No fue un trabajo fácil y sinceramente no sé cómo ha quedado al final. Sólo sé que cada vez que mis manos se posan sobre las teclas del piano es como si por un instante pudiera volar y bailar entre las letras de sus versos. Cuando mi voz entona sus palabras es como si Miguel Hernández me mirase con ternura y se sintiera orgulloso de lo que hizo durante su vida, de que todavía haya alguien que disfrute con su obra. Yo lo hago, sin duda.
Y que me perdone Miguel Hernández por mi obra, del mismo modo que el maestro Mateo pide perdón por su labor artística en el Pórtico de la gloria en Santiago de Compostela. Lo hago con toda la humildad que existe, con toda la sencillez y el respeto que dirijo a su persona, pues aún su poesía me sigue alumbrando como un día y a día de hoy –a casi cien años de su nacimiento- lo hacen sus ojos y los de su hijo muerto.





Enlace a la canción surgida del poema "Antes del odio" :

http://www.youtube.com/watch?v=F-_5-w0t6qQ





miércoles, 1 de julio de 2009

La última Vigilia.






Era una tarde de frío invernal en Diciembre. Hacía mucho viento pero la gente seguía danzando por las calles y todos sonreían. En el cielo había muchas estrellas que dormían cegadas de luz, mecidas bajo la sombra del crepúsculo y seguía haciendo frío mientras el primogénito de la familia Villanueva miraba tras el cristal de su ático. Marcos miraba casi asustado y muy asombrado, temiendo que pudiera cumplirse su extraño vaticinio. Miraba a ningún punto, a ninguna parte, con la vista perdida y los ojos llorosos. Los ojos sangrantes que casi buceaban en el mar del delirio. Nunca se vio en la ciudad rostro tan sórdido y triste. Marcos Villanueva parecía un espectro vagando por algún recodo de su corazón somnoliento, cómplice de una fiebre abismal que forzada por la brutalidad del viento, era capaz de arrancar las ventanas y los quicios de las puertas.
Parecía un huracán de insoslayable destino pues en sus manos se podía ver la falta de templanza: manos temblorosas, delirantes, inseguras. Era la falta de templanza que anunciaba la posibilidad de que un hecho irrevocable fuese capaz de devorar los sueños del joven. Vivía inmerso en un estado de locura incurable sin tedio, sustentada en emociones nostálgicas casi delirantes.
Seguía haciendo mucho frío y Marcos continuaba atisbando la ciudad con sus ojos abiertos como platos que casi se le salían de las órbitas. Divisaba la misma ciudad que la gente dejaba atrás con sus pasos. Mientras tanto, el joven Villanueva permanecía en silencio tratando de escuchar el eco insondable provocado por los rudos golpes de su corazón. En un impulso casi forzado –un estrago del ego- volvió la vista atrás para observar a su esposa postrada en una cama: dormida, yerma y silente, aunque preñada de ternura. La observaba y trataba de perfilar en su rostro desorbitado una sonrisa sencilla semejando la media luna que se divisaba en lo alto del cielo. Nora era bella, muy bella y provocaba tal ternura que Marcos sintió unos deseos irrefrenables de abrazarla. Sin embargo, prefirió dejarla descansar y no molestarla. Desde hace algo más de un año a Nora le habían detectado que tenía leucemia. Desde ese día cambió su vida y la de su esposo y ambos se vieron inmersos en una vorágine sin regreso, en un túnel de cuando no hay más sueños y todo se derrumba como castillos de arena ante la imposibilidad de cambiar un destino trágico, de transmutar una circunstancia nada propicia.
Nora se aferró a la tristeza. En su alma sólo había notas tristes venidas del piano de cola que tocaba su esposo. Se postró de una forma irremediable en el vacío de la cama, en la soledad de unas sábanas frías con olor a lodo. Desde ese día vivió consternada a su destino implacable, irreversible. Se aferró de tal modo que lloraba hasta mojar el suave almohadón de plumas donde dejaba reposar su cabeza, donde se aislaba en sueños en un estado alucinatorio y de pleno desvarío. Era el éxtasis de una locura causada por el impacto de la noticia de su enfermedad.
Fue perdiendo las inagotables fuerzas que mostró en otro tiempo y casi se enterró en vida. Su tez palideció y sonreía de forma forzada, sólo para complacer a su esposo ante el gran esfuerzo que estaba haciendo por ella. Si acaso lo único que conseguía hacerla volar y elevarla hasta cotas inimaginables, eran los preludios que Marcos interpretaba al piano con una sutileza indescifrable. Sus manos parecían las de un ángel. Era realmente estremecedor verle posar sus delicadas manos sobre las teclas biseladas del piano.
Nora lloraba a escondidas desde el tálamo que en otro tiempo encendió en pasión sus almas intermitentes. Lloraba acaso de la felicidad de escuchar a su esposo disfrutando de su mayor pasión: la música. Era bello verla llorar de semejante alegría y júbilo al tiempo que era fabuloso soñar con las melodías cadenciosas provenientes del gran piano de cola de Marcos Villanueva.
Fueron tiempos de encuentro y desolación donde las lágrimas brotaron como lluvia fina sobre el lecho de la yerma Nora, que a pesar de su enfermedad seguía bellísima y lucía un rostro terso y vivo, un semblante amable y cargado de fuerza.
Pero ahora Marcos aún postrado en el gran ventanal de su ático, seguía mirando a Nora hasta que la nostalgia de una lágrima le hizo recordar el sueño de la noche anterior: Era un sueño lúgubre que acontecía en un espacio oscuro y tétrico. Todo era noctívago al tiempo que Marcos atisbó a su esposa. Estaba dormida y permanecía tumbada boca arriba con las manos sobre el regazo. Parecía tranquila pero su rostro cada vez se tornaba más lívido hasta que Marcos se acercó a ella y descubrió que no tenía pulso. Parecía un espectro tintineante en el tiempo, devorador de todo lo caduco. Marcos lloró mucho, la abrazó fuerte y tendió sus brazos abiertos sobre el cuerpo sin vida de su esposa. El joven Villanueva intentaba seguir recordando pero las imágenes de aquel hecho soñado se desvanecían cada vez con una fuerza mayor, hasta el punto que perdió por completo el lugar donde estaba aconteciendo la muerte soñada y anunciada de su esposa.
Sin duda era un hecho premonitorio aunque Marcos deseaba que fuera un simple sueño delusorio, engañoso y ficticio. A pesar del fundamento vacuo del sueño, el joven Villanueva creía con firmeza en el poder de sus sueños. Lo creyó desde que con tan sólo once años mantuvo una conversación premonitoria con su difunto abuelo: Gerineldo Villanueva. Ambos hablaron en varias ocasiones de la fuerza de los sueños y de la posibilidad – o no- de cambiar el destino. Gerineldo Villanueva tenía un poder asombroso para el arte de la alquimia y para él la crisopeya podía ser aplicable a cualquier tipo de situaciones. Una tarde de un verano muy tórrido, Gerineldo Villanueva llevó a su nieto a un pequeño taller donde trabajaba los metales, y le hizo una magnífica demostración de sus cualidades innatas para el tratamiento y la transmutación de todo tipo de minerales. Sus facultades para la alquimia eran incuestionables, pero además tenía un tino especial para el arte de la adivinación. Era un hombre obstinado, amante de jugar damas chinas e incluso disfrutaba conversando con su nieto de temas esotéricos. La extravagancia de Gerineldo llegaba hasta extremos insospechados e hizo mella en la psique de su nieto Marcos. El joven, por el contrario, nunca creyó mucho en las elucubraciones de su abuelo, al que incluso llegó a tomar por loco en más de una ocasión. Sin embargo, el jovencito de la estirpe de los Villanueva cambió de idea el día en que soñó que Margarita –su compañera de pupitre- iba a tener un accidente. Marcos al principio no hizo demasiado caso de su extraño sueño hasta el día en que la joven Margarita fue atropellada en una de las calles anexas de su barrio. El Villanueva comenzó a preocuparse y su angustia aumentó de una forma desmedida el día en que soñó que Clara –su profesora de botánica- se iba a ir a vivir al extranjero y semanas después sucedió. Incluso soñó que sus padres le iban a regalar un gato abisinio para su próximo cumpleaños. Cuando en el doce cumpleaños del pequeño Villanueva sus padres aparecieron con un felino, Marcos temió por el poder premonitorio de sus sueños.
Desde aquel día, el nieto del difunto Gerineldo, maestro de la alquimia, entendió que debía aceptar de forma irrefutable la solidez de sus propias ensoñaciones, ya que no podían existir tantas casualidades juntas para explicar un destino ataviado en presagios que se cimentaban sobre hechos soñados.
Aquella tarde, Marcos Villanueva lloró mucho contemplando la ciudad tras el enorme ventanal empañado por una lluvia melancólica que trataba de redimir de algún modo la soledad de esta tarde.
La bella Nora seguía dormida. Marcos se acercó y la tapó con una sutileza casi mística. Le echó una sábana y le dio un beso –quizá sería el último-. Salió del cuarto de su esposa y se apresuró hasta la pianola. Cayó desplomado ante el candor lóbrego que en la calle ofrecía la noche y sus inmensidades. El cielo era oscuridad y casi no había estrellas en la profundidad de la noche –quizá sería la última noche-. Una vez sentado al frente del piano, trató de componer una melodía para venerar a su esposa. Quería escribir la elegía más bella que se hubiese compuesto jamás. Seguía con ingenio probando cada acorde, atinando con la mayor profundidad posible hasta en la última nota. Se acordó de la “Elegía” de Fauré y trató de hacer algo tan digno como esa pieza. No fue un trabajo fácil pero Marcos, infatigable, trabajó toda la noche al piano, tratando de plasmar la belleza en un sentido único hacia lo absoluto. Los primeros rayos del alba penetraban por el cristalino ventanal con una levedad atenuada, reflejando su candor en las vetas de madera pulida del piano. Marcos casi había terminado y apuró las últimas notas hasta que al fin logró concluir su pieza elegíaca. Sólo faltaba ponerle título, elegir un título digno de tanto esfuerzo entremezclado con sentimientos estremecedores. Tras pensarlo con calma durante un rato decidió el siguiente: La última vigilia.
Quizá esa fuera la última noche velando a su esposa, embriagado por el sopor de la somnolencia noctívaga y el vapor humedecido de la lluvia en las calles. Marcos había preparado esta pieza para regalársela a su esposa en su funeral. No obstante, antes debía comprobar que la fatalidad de su presagio se había cumplido sin ningún contratiempo, tal como lo atisbó en su sueño. Avanzó hasta la habitación de su esposa con un miedo que lo hacía temblar de una forma terrible. Era un miedo frígido que lo envolvía en un delirio exterminador y así avanzaba empapado en sudor, escuchando en su corazón acelerado unos latidos pidiendo auxilio. Sin esperar más, abrió la puerta del dormitorio y encontró a su esposa tal como la dejó la noche anterior: continuaba tapada con la sábana, las manos en el regazo, el rostro tranquilo… Se acercó unos pasos y la tocó. Posó una mano en su mejilla y comenzó a llorar. Su llanto era tan desaforado que incluso le mojó el camisón. Entonces a Marcos le pareció que su esposa se movía levemente y así fue. Nora abrió los ojos ante la lágrima salada que rodó por su ropa. Entonces Nora también comenzó a llorar con alegría y rabia revueltas. Se abrazaron con la misma pasión desatada en otros tiempos en aquel lecho sosegado. Marcos lloraba asombrado del misterio, tratando de entender que a veces la fuerza interior puede más que cualquier vaticinio. Se dio cuenta de que cada uno de los mortales va escribiendo su destino y es dueño de todo lo que en él acontece.
Un rato después, cuando las lágrimas ya se habían calmado y habían cesado de sus ojos; le enseñó a su esposa la elegía que le había compuesto aquella noche. Nora volvió a llorar de pasión y se sintió emocionada y así; el joven Villanueva se dio cuenta de que era un experto alquimista en los sueños, capaz de transmutarlos hasta un sentido de absoluta perfección.
Aquella noche Marcos había rescatado del Leteo su más bello tesoro, su más sublime obra de arte: la última vigilia. Había vuelto a ver la luz con la claridad de siempre, volvió a ilusionarse por la vida y al mirar a su esposa sintió que no estaba solo y que la seguiría velando todas las noches que hicieran falta durante el resto de su vida. La velaría como un alquimista que mira la luna no porque sea la luna, sino porque está suspendida en lo alto del cielo.
(Primer premio del Certámen de Literatura infantil y Juvenil "Encarnación Martínez Barberán" del centro Samaniego de Alcantarilla)








Relectura de "La última vigilia" realizada en la entrega de premios del Certamen:


Buenas tardes, estoy enormemente orgullosa de estar aquí con ustedes.


A continuación voy a hablar un poco acerca de dónde surge mi afición por la literatura.

Pues bien, siempre que escribo lo hago por necesidad, y esa necesidad surgen en mí por el deseo de cambiar la realidad, de descubrir mundos nuevos abiertos a la imaginación, de plasmar a través de mis relatos y poemas presagios y utopías, pero también realidades que quieren ser mejoradas.

Es cierto que estamos inmersos en una sociedad de consumismo, de alcohol, de falsedad donde todo está infravalorado. Es verdad que echo de menos una sociedad donde se le dé más importancia a un poema de Cernuda, a la sensibilidad de la música y, en definitiva, a valores ya perdidos, como la belleza de las cosas más sublimes.

Partiendo de esa necesidad que surge en mí, hay momentos en que tiembla algo en las profundidades de las galerías de mi alma y necesito irremediablemente escribir.

Lo que inspira mis temas son la lectura de un libro, la observación de algún hecho, la conversación con un amigo pero sobre todo, mis ganas de cambiar la realidad y de proyectar una visión nueva a la sociedad.


Entonces en este relato que surgió casi de forma espontánea, he intentado plasmar cómo el personaje principal, Marcos Villanueva, en un momento tan dramático como la muerte de su esposa, recurre a componer una elegía para intentar cambiar el destino ya anunciado en un sueño.

Desde ese momento planteo en la historia numerosos interrogantes:
¿Qué poder tienen los sueños?
¿Los sueños se cumplen o sólo son meros sueños?
¿realmente existe un destino premeditado o somos nosotros quienes escribimos cada uno el nuestro?
¿el ser humano tiene algún poder para cambiar su destino?

Así, de estos ciertos interrogantes surge “La última vigilia” desde que Marcos recurre al arte de la alquimia, que tiene el poder de transmutar lo mundano en algo grácil y espiritual.
La primera vez que oí hablar de la alquimia, fue cuando tuve el gusto de leer “Cien años de Soledad” de García Márquez, desde ese momento empezó mi interés por la alquimia y creí oportuno aplicarlo a este relato en el que la fuerza y el poder de los sueños a veces prevalece sobre la verdadera realidad.

De modo paralelo, Marcos trabaja con esmero toda la noche para realizar la obra, hasta que al despuntar el alba consigue terminar su pieza. Es entonces cuando descubre que Nora no ha muerto, que Nora sigue viva y que le sonríe. Con todo, Marcos entiende que se debe confiar en el poder de los sueños, porque el destino se puede cambiar, porque cada uno de nosotros escribimos nuestro destino y somos los únicos dueños de nuestra vida.

Y no podría terminar con palabras mías, prefiero dejárselas al poeta y, en esta ocasión esa responsabilidad recae en versos de uno de los grandes: Víctor Hugo.


“El alma tiene ilusiones como el pájaro alas.
Eso es lo que la sostiene”.


Muchas Gracias.





El parque de los sueños





Albores de lluvia seca
Se mezclan llenos de encanto
Colgados de un mar de estrellas
Cogidos de un lazo blanco.

Los niños del parque triste,
Juegan a contar las nubes
Con sonrisas de delfines
Y resplandores azules.

Sirenas de un mar lejano
Se peinan junto a la luna
Con sus cabellos dorados
Ciñen mil nubes de espuma.

En el parque de los sueños
Veo el susurro del barro
Las sonrisas de los niños
El pesar de los ancianos.

Grandes sueños que hoy se rompen
Viendo desdichas del mundo
Con fusiles que taladran
El alma de un vagabundo.

Vagabundo de deseos
De un corazón ya perdido
Que busca huir de su vida
Y volver a ser un niño.

Un niño que fragua vidas
Que pone al frente el mirar
Descubriendo un firmamento
De palomas de la paz.





(Primer premio de Poesía del Certamen literario Encarnación Martínez Barberán del CEIP Samaniego de Alcantarilla)

domingo, 31 de mayo de 2009

No conseguirán matarnos el amor.




“No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos”.

(Luis Cernuda)


¡Cuánta razón tiene Cernuda! ¡Cuánta!. Si tan sólo pudiera decirle que amo cada uno de sus versos, que necesito que siga escribiendo porque me ahogo, porque necesito la fragancia de sus palabras que me envuelven en un halo mágico. Sí, es necesidad. Necesito cerrar los ojos y que me susurre al oído versos renovados y que me haga sonreír. Las luces se van apagando y al final del túnel sólo quedan palabras, meras palabras que recojo y recompongo para que lleguen a mi corazón. No es fácil. No es fácil sentir cómo se llena el alma y la respiración se entrecorta, y las manos te tiemblan, y la boca se te seca y el pulso se para. No es fácil ni común que esto ocurra, pero de vez en cuando sí que pasa y nos conmueve, tanto como a mí en este instante.
Necesitaba contarlo al extraer esta frase de uno de sus poemas. Necesitaba decir que no hay más muerte que la vida de uno mismo no vivida en toda su plenitud. No hay más muerte que la vida desaprovechada, malgastada. No hay más muerte que tener esa sensación a cada instante, mientras los relojes nos controlan y nos vigilan. Tratamos de no morirnos, de no dejar que nos maten el amor, pero… hay demasiadas lágrimas derramadas por la tierra. Hay demasiada gente que todavía no escucha las canciones de Yann Tiersen, y demasiada gente que se encuentra perdida, y demasiada gente que nunca querrá encontrarse. Preferimos perdernos mientras tanto en cualquier resquicio secreto. Da igual. Puede ser un poema, una canción, un recuerdo, una sonrisa. Lo de menos es qué. Lo importante es hacerlo y sentir que no conseguirán matarnos el amor, que aunque muramos poco a poco y lentamente nos quedarán esas ganas por seguir disfrutando de las cosas más nimias que existen.



Un piano.
Dos acordes.
Sentimientos.
Muchos sentimientos.
El alma irradiada de sentimientos.
El alma terriblemente colérica de magia.
El alma desgarrada en una magia infinita.
El alma anegada mitigando mis miedos.
Otra vez dos acordes.
Tres.
La lluvia tras es cristal.
Mis manos en el piano.
Algo que decir.
Algo que sentir.
Algo que mostrar.
Algo.
Queda algo.
Siempre queda algo.


miércoles, 20 de mayo de 2009

Nos quedará la poesía. (Mario Benedetti).


Conocí a Benedetti por pura casualidad. Fue como instante, como una milésima de segundo justo cuando pude estrechar su nombre entre mis brazos. Justo cuando algún día y no sé porqué razón me hablaron de él. Creo que fue mi profesora de literatura, Victoria. Pero no estoy muy segura porque sólo se me quedó grabado su nombre: Benedetti. Desde entonces me interesé por él, del mismo modo que me intereso por todas aquellas palabras, o nombres de escritores, de lugares o de cosas que llegan hasta mis oídos. La cuestión es que desde que lo conocí amé su poesía. La amé porque en ella conseguía resguardar todos mis miedos y volar muy alto. La amé porque sus versos nostálgicos me embriagaban del vino de la virtud que me contagió Baudelaire. Y lo amé sobre todo porque con él pude descubrir que nada en esta vida es trascendente:


Que nada tiene tanta importancia como nosotros le damos.
Que cualquier instante puede ser más que un instante.
Que no está prohibido enamorarse, ni llorar, ni reír.
Que el tiempo es sabio y nos ubica a cada uno.
Que el corazón no siempre es corazón coraza.
Que táctica y estrategia son sutilmente distintas.
Que todo lo que hiere, cicatriza.
Que la poesía cuanto más hiere, más cicatriza.


Algo análogo me sucedió a mí cuando me encontré inmersa y de súbito en sus versos. No podía explicarlo pero había caído presa. Sentí entonces una sensación que me dolía mucho, que casi me asfixiaba, pero que a la vez servía de bálsamo, porque cada una de sus líneas me contagiaba nuevamente de ese amor infinito que siento por la poesía.
Benedetti decía en su poema "No te salves" una de las frases que más me conmueven de su poesía: "No te quedes conmigo". No quería que nos quedásemos con los labios secos y marchitos en el tiempo. No quería que permaneciéramos inmóviles, que nos quedáramos parados siempre al borde del camino, sin trayectoria. No quería que quisiéramos con desgana. No quería todo éso porque amaba las cosas sublimes. Ahora que no está sólo podemos quedarnos con él, profanar ese "no te quedes conmigo" y quedarnos con él para siempre. Quedarnos con sus versos, con su infinito amor, con toda su alma.
Pues Mario Benedetti, el poeta, el gran poeta que llegó -no me acuerdo cómo, ni tampoco cuando- a mi vida se ha marchado y para siempre. Se ha marchado como acaba todo lo finito. Pero una gran parte de él quedará para siempre. Porque sólo muere lo que se olvida, porque nada muere si nosotros realmente queremos recordarlo.


Nos quedará su poesía.

Siempre.



Corazón coraza
Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza
porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro
porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.

miércoles, 13 de mayo de 2009

El libro de los descorazonados.


El libro de los descorazonados.
Sentir el corazón podrido
en medio de las ansias del después.
Sentirlo por la boca,
en el estómago, en los dientes.
En el espacio remoto de un día sin tiempo.
Sentirlo muy despacio en lo profundo,
Durmiendo.
Y sentirnos entonces,
como pequeños autómatas perdidos en la lluvia.
Sentirlo acaso descorazonado,
como el libro que nunca leo,
como un cántico que nunca entono,
o la noche en que no duermo.

El libro de los descorazonados.
Nunca debí escribirlo.
No.
Nunca.
Arranco sus hojas.
Me mezo en la nada.
El tiempo se detiene y el reloj vuelve a girar.

¡Eureka!

El libro de los descorazonados.

(mejor leerlo y quedar atrapado)

(mejor no morir y vivir entre abrazos).


viernes, 8 de mayo de 2009

La soledad es un grito en las tinieblas




(Al término de la clase, tras haber comentado en la misma el famoso cuadro de “El Grito” de Eduard Munch, el profesor se acerca al pupitre de Elda).

-Te he notada impactado durante la clase ¿Te gustó el cuadro de “El Grito”?

-Me encanta. Es como si cuando lo mirara, ese hombre de rostro desfigurado y lleno de horror me estuviera llamando para que lo acompañe en su camino.

-Una sensación análoga a la que sentimos ante el incesante grito de la naturaleza.

-No, no. Es aún mayor. Es como si cientos de voces susurrantes recorrieran mi espalda y me congelaran de frío, absorta ante el eco terrible de la eternidad.

-Y dime, ¿oyes esas voces?

-Sí, a cada instante me susurran para que me adentro en el cuadro, para que mi rostro también se torne tétrico como el del personaje.

-¿Y tú, Elda, realmente quieres formar para te de él, habitar dentro de “El Grito”?

- Oh, si. No hay nada en esta mísera vida que tenga más claro. Eduard Munch debiera haberme pintando temblando de miedo y desesperanza. Haber esbozado mis manos lánguidas echadas sobre la cabeza, mis ojos desafiantes e inquisidores atisbando la nada inconclusa que me recorre.

-Eres terrible, Elda. Terrible en el sentido de que miras aquello que hay más allá de la vista, más allá de lo tangible. El secreto escondido de una realidad misteriosa.

-La vida sería demasiado aburrida si la interpretáramos tal y como es. ¿Por qué tengo yo que mirar aquello que veo a simple vista y no lo que imagino en mis sueños? Me niego a resignarme. Hay demasiadas lágrimas de soledad en el planeta.

-Sí, Elda. Y escasez de gente que piense como tú.

- La gloria es para unos pocos. El infierno está cerca y nos llama muy pronto, antes de que nos demos cuenta. Y pensarás que estoy loca, hablándote de todo esto. Pero mi locura es sana, pues es la locura de no conformarse con lo que la realidad nos ofrece

-Y bien, Elda. ¿Qué harías si un día te levantaras y no quedara nadie en el mundo? ¿Y te encontraras sola, terriblemente sola? Responde con sinceridad, se sumará a la nota final (sonrisa).

-¿sola? ¿Y crees que ahora no estamos solos, acaso rodeados de meras sombras fugaces y efímeras que desaparecen a un tiempo? ¡Qué iluso! No debieras haber olvidado que no hay peor soledad que la de estar entre mucha gente y, a pesar de eso, sentirse solo.
Yo no nací para estar aquí, sino dentro de “El Grito”. Éste no es el mundo que soñé, el paraíso eterno donde imaginé vivir. Mi mundo está sellado a través del tiempo con la eternidad e irremediablemente pienso que la soledad me llama. Pues la soledad es un grito en las tinieblas.

(El profesor enmudece. Elda coge su mochila y sale de clase con su libro de arte en la mano).

(Varios siglos después, un artista futuro realizará una copia de “El Grito”, esta vez pintando a Elda como protagonista).

viernes, 24 de abril de 2009

Sucedáneo de la muerte.



Malditos sueños canallas
al tiempo una voz que al tiempo se calla.

Los labios son tristes,
las bocas no hablan.

Relojes de arena que tiemblan y estallan.
Termómetros rojos y lunas de plata,
de efímeras formas corpóreas y amargas.

Recorro caminos soñando sin ansias,
perdida en un tiempo de miles de espadas.

Espadas de nadie que al tiempo se clavan.
Despierto y descubro una luz en mi espalda.

No hay vida, ni muerte.
No hay todo, ni nada.

La gloria está lejos y el tiempo se acaba.


martes, 7 de abril de 2009

La fiebre del insomnio


La fiebre del insomnio. Nunca pensé que hablaría de ella y ha llegado el momento. El momento de hablar de la fiebre que me recorre, más allá de la fiebre física latente en el cuerpo. Más allá. Es la fiebre del insomnio, la fiebre del ímpetu que me recorre a borbotones la sangre, como si quisiera derribar mi cuerpo y mi espíritu. Como si me quisiera devastar y devorar si no caigo presa en su enfermedad. Es también la fiebre de querer decir muchas cosas y no tener palabras para explicar ninguna. La fiebre que arde en un ente cohibido que destapa su alma cada mañana aunque el mundo sea feo y los hombres tristes. Aunque el paraíso no exista, ni las hadas existan y aunque el deseo del que habla Cernuda sea una palabra cuya respuesta tampoco existe. Es la fiebre de no se sabe qué, que viene por algo y se alberga en el tiempo con armazones y corazas indestructibles. Es la fiebre inexpugnable de preguntarnos si Dios existe, si el amor existe, si nosotros mismo existimos y no somos reflejo de la nada de donde venimos. Es la fiebre metafísica y maniqueísta que casi divide el mundo en dos bloques antagónicos: hombres-mujeres, pobres-ricos, buenos-malos, fuertes-débiles; y así una suerte de fiebre infinita que se cuela en las entrañas hasta casi desentrañarnos. La fiebre dicotómica que nos mantiene al margen de salvar esas distancias que se hacen insalvables ante los ojos de muchos, y es también la fiebre del misoneísmo frente a la vanguardia. La fiebre de muchas cosas juntas pero no revueltas. El sentimiento febril que nos surge a tientas cuando miramos el cielo en una noche sin estrellas y vivir casi duele tanto como amar, tanto como besar, tanto como sentir. Seguimos sintiendo esa animadversión de los cuadros de Goya ante una realidad esbozada que se detiene pusilánime a nuestros pies. Y entonces nos hacemos partícipes de la derrota de no caer en la fiebre –acaso la única redención es vivir inmersos en ella-. Pues la fiebre nos libra de algo parecido a la nostalgia y casi análogo a la tristeza. Es la fiebre de no tocar el piano. La fiebre de sentir que somos demasiado jóvenes para morir pero demasiado viejos para seguir vivos. La fiebre paradójica de cerrar los ojos y ver bien, muy bien. La fiebre de abrir los ojos y no ver absolutamente nada. La fiebre de escribir un poema y tenderlo al aire para que los pensamientos se aireen. La fiebre de la lumbre en una casa alejada. La fiebre de saber que algún día también acabará la fiebre y nos acabaremos nosotros, irremediablemente nosotros.